Acostumbramos decir que el Año Litúrgico comienza el primer domingo de Adviento, mientras que el año civil el día primero de enero. Pero, en realidad, el Año Litúrgico no tiene propiamente ni comienzo ni fin.
Todo el año se celebran dos grandes fiestas: Pascua y Navidad. La Pascua es más importante que la Navidad. Es la fiesta cristiana más grande, porque en ella se celebra la resurrección de Jesús.
Sin embargo, ambas fiestas están precedidas por tiempos de preparación: Cuaresma y Adviento, respectivamente, y se prolongan en otros domingos y fiestas (para la Pascua, el Tiempo Pascual y Pentecostés; mientras que para la Navidad, son el Tiempo de Navidad y la Epifanía).
Entre esos dos tiempos hay 34 (algunos años solo 33) domingos y semanas del Tiempo Ordinario.
El
sentido del Adviento consiste
en ser al mismo tiempo "fin" y
"comienzo". En las
primeras semanas, parece
orientarse más hacia el "fin de los
tiempos", pero a partir del
día 17 de diciembre, comienza a orientarse
hacia el "comienzo": el nacimiento de
Jesús.
Este tiempo, nos hace vivir la expectativa y la preparación de la venida de Jesús al final de los tiempos, en la gloria de su Reino, y nos recuerda su entrada en la historia y en el camino de su pueblo, con su nacimiento en Belén de Judá.
Los cristianos, consideramos la vida y la historia como una gran caminata que terminará sólo cuando hayamos llegado todos a la casa del Padre, a la ciudad de Dios, la "Nueva Jerusalén", el Reino definitivo que Dios nos prometió.
No obstante, presentar el Año litúrgico como un círculo; es peligroso, pues daría la impresión de estar encerrados en el tiempo; cada año todo comenzaría de nuevo de cero y no podríamos esperar nunca cambios importantes.
Son muchos los que refuerzan este tipo de pensamiento diciendo: "Así ha sido siempre. Seguirá siendo así. El pobre será siempre pobre, etc".
Pero
tanto la resurrección de
Jesús como su nacimiento nos
enseñan exactamente lo
contrario: la fuerza y
la presencia de Dios en medio de
nosotros nos brindan la
posibilidad de
transformar la historia, de luchar para
mejorar la situación, de
convertirla en
historia de salvación y de vida para todos.
Ningún poder de este mundo, ningún gobierno, ningún grupo poderoso es eterno, por más que pudiera parecer serlo. Al final todos serán desplazados por el poder del Reino de Dios que crece en medio de nosotros.
La celebración del Año litúrgico es para nosotros una forma de recordar a lo largo de nuestra peregrinación la presencia dinámica de Dios en medio de su pueblo. Y así recordando nos unimos y nos comprometemos con Él.
Celebrando la Pascua de Jesús realizamos hoy en él nuestra propia Pascua. Celebrando la Natividad de Jesús realizamos hoy en él nuestra propia Natividad. Celebrando el Adviento y la Epifanía de Jesús, él mismo se nos manifiesta y nos hace caminar más aprisa en dirección del Reino.
Por eso el papa Paulo VI afirmaba que la celebración del Año litúrgico no es sólo recordatorio de un hecho pasado, sino que "posee fuerza sacramental y especial eficacia para alimentar nuestra vida cristiana".
Meditación inspirada en el libro “Para preperar Adviento y Navidad” de Ione Buyst, de Ediciones Dabar, S. A. de C. V. México 2002