EL ABRAZO QUE NOS CONDUCE A LA RESURRECCIÓN

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La muerte nos habla de lo efímero que es nuestra vida: hoy estamos, pero mañana quién sabe. La muerte es una realidad inevitable, a la cual todos estamos llamados a padecer; sin embargo, nos da miedo, nos causa inseguridad; ¿por qué? Quizás porque nos hace sentir la debilidad de nuestra humanidad, la pequeñez del hombre, lo vano de los avances tecnológicos, donde muchas veces ponemos nuestra esperanza.

La muerte de un ser querido o las muertes violentas que cada vez acechan más a nuestra sociedad, son acontecimientos que, por su capacidad de impactar al corazón del hombre, se convierten en un sacramento: nos lleva a nuevas sensaciones que pueden hacernos descubrir nuevas dimensiones de la divinidad. En la muerte existe la posibilidad de experimentar que Dios desaparece de la escena trágica, como si huyera de la realidad humana o donde Dios apa­rece desde su corazón dolido para manifestarnos su solidaridad.

La muerte nos hace sentir impotentes, nos acorrala la existencia, nos lleva a la oscuridad de la vida, nos pone sobre la pared, donde lo único que nos queda es alzar la mirada. En esta vivencia surge el sentimiento de no querer aceptar la nueva realidad y una lista de por qué sucedieron las cosas, por qué a mi hijo, por qué a mi madre, por qué a mi padre, por qué a mi hermano, por qué a mi amigo, por qué de este modo, por qué, por qué... El corazón se resiste a aceptar la derrota ante la muerte. Se resiste a aceptar la ausencia del ser querido.

Con la muerte de nuestro ser querido, muchas veces mueren también parte de nuestras expectativas sobre la vida. Tenemos que volver a la búsqueda del sentido de la vida. En esta desesperación volteamos hacia arriba para encontrar respuestas. Pero, qué sorpresa, encontramos silencio. Sólo nos resuenan discursos de resignación y aceptación de la voluntad de Dios, como si Él fuera cómplice de la muerte. Entonces vuelven las preguntas y los cuestionamientos, ahora sobre Dios.

Al voltear hacia arriba, ponemos a Dios en el “banquillo de los acusados”, llevados por esa contradicción entre nuestra imagen del Dios todopoderoso y el sentimiento de impotencia ante la muerte: ¿Por qué, si Dios es todopoderoso, no puede librarnos de la muerte? No podemos concebir que exista la debilidad en el rostro de Dios; olvidamos que el rostro de Dios está en el rostro de los hermanos. Un olvido que puede durar días, meses o años.

Pero nuestra impotencia y nuestra soledad también nos posibilitan para voltear hacia los lados; entonces vemos a los hijos, a la familia, a los amigos, a los vecinos; algunos que se duelen con nosotros, otros que expresan la solidaridad, otros que nos abrazan, otros que nos consuelan, otros que nos escuchan, muchos que se unen en la oración pidiendo por el descanso eterno del ahora ausente. Son los que aún están. En esta mirada hacia los lados encontramos algo más que los simples abrazos, algo más que la simple solidaridad de los hermanos, es un más que nos hace vivir de distinta manera el dolor.

La mirada hacia los lados lleva a ver nuestro dolor en medio de tantos que nos muestran amor. Hacer esto nos hace sentir una fuerza. Tener presente a los otros en nuestro corazón nos hace vivir el dolor con una fortaleza que nos llena de valor. Entonces es posible reencontrar el sentido de la vida. Dejando entrar a los otros en nuestro corazón para vivir la hermandad que nos consuela da la posibilidad de encontrar algo más en la vivencia de la muerte.

Y quiero decirte que ese más que sentimos cuando los otros nos consuelan y cuando vemos a los que aún están, ese más que nos da fuerza para enfrentar la vida con la frente en alto, ese más que hace levantarnos, ese más es la presencia de Dios. Es la fuerza del Espíritu que nos vivifica y nos devuelve la esperanza. Sentir la solidaridad de los herma­nos nos lleva a sentir el abrazo del Padre ante nuestra desgracia.

¿Entonces, Dios no se esconde? Ante la muerte de nuestro ser querido, más bien, Dios llora con nosotros, también “se nos muestra impotente” por ver lo que el hombre hace de la libertad que Él le ha dado o por tener que dejar de contemplar a uno más de sus hijos.

Dios se esconde para no entristecernos más. Ese silencio es un detalle de amor hacia nosotros. Algo que descubrimos cuando abrimos nuestro corazón ante la solidaridad de los otros. Entonces sentimos que tantos abrazos son algo más, tantos abrazos nos devuelven la esperanza porque es Dios quien nos abraza y nos hace seguir viviendo para los demás. En la debilidad nos da su fuerza, mientras que en la muerte nos conduce a la vida.

A fin de cuentas es el abrazo que nos conduce a la resurrección

Palabras del autor del artículo en el que se inspiró esta meditación

Cuando me pidieron hacer algún escrito sobre mi experiencia ante la muerte no dudé en decir que sí, pues tengo la certeza de que la vida y Dios me han entregado tanta humanidad ante las desgracias que me ha tocado vivir, que lo menos que puedo hacer es compartir la vida encontrada entre las muertes.

Jorge Atilano González Candia, S.J

Aparecido en la Revista MIRADA No 3de  Marzo-Mayo de 2003, intitulada “La muerte amiga de la vida”, del Centro Ignaciano de Espiritualidad, Guadalajara Jal.