EN NUESTROS MOMENTOS DE ABANDONO

Todos hemos experimentado, más de una vez, momentos de abandono. 

No nos sentimos comprendidos, a veces nos defraudan, nos traicionan. Sentimos la insuficiencia de nuestras fuerzas y la soledad ante misiones que son mas grandes que nosotros. Llegamos a conocer dolores atroces de la Iglesia, de pueblos enteros. En ciertos momentos, la misma luz de la fe y el amor parece que se apagan y caemos en la tristeza y en la angustia.

Son pequeñas o grandes noches del alma, a veces prolongadas, que oscurecen en nosotros la certeza de la presencia del Dios cercano que ha dado sentido a toda nuestra vida.

Son noches que asumen a veces una dimensión de época y colectiva, como en nuestro tiempo, en el que el hombre -como ha observado lúcidamente Juan Pablo II-, “a pesar de sus conquistas, roza (..) el abismo del abandono, la tentación del nihilismo, el absurdo de tantos sufrimientos físicos, morales y espirituales».

San Pablo habló de sus momentos de abandono más cruciales: «...peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar». AI final indica lo que para él, era el hecho más triste, lo que lo hace más cercano a Jesús: «Peligros entre falsos hermanos» (2 Colosenses 11,26).

El misterio de la cruz

Es la ley del Evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12,24).

Y es la ley que Jesús vivió en primera persona: su muerte fue real, pero aún más real es la vida en abundancia que brotó de aquella muerte.

Pero ¡Cuánto costó esa vida! .

Él había bajado a la tierra por amor a nosotros, para llevar a cabo, en unidad plena con la voluntad del Padre, su designio de salvación del mundo.

«A causa de su amor infinito por los hombres – escribe Máximo el Confesor- , se hizo en verdad y por naturaleza eso mismo que Él amaba».

Inefable kénosis -«abajamiento»- de Dios que Pablo nos hace contemplar en el célebre himno de la Carta a los Filipenses, presentándonos a Cristo en el acto de despojarse de su forma divina para asumir «la condición de esclavo» y hacerse en todo semejante a nosotros los hombres ( Filipenses 2, 6-8 ),

Imagen de un Dios que se entrega sin reservas, que da su vida sin medida hasta subir a la cruz, donde toma sobre Sí, toda la culpa del mundo, hasta asumir, Él, una semejanza con el hombre pecador:

Según  nos dice Mateo 27,4:

“.......«Pequé entregando sangre inocente.»”

Y en la Primera Epístola de Pedro en  3, 18 leemos:

Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos....

«Cristo nos rescató de la maldición de la ley (o sea del pecado), haciéndose el mismo maldición por nosotros, afirma Pablo  en Gálatas 3, 13.

Intercambio admirable entre Dios y el hombre commercium caritatis, dirá Agustín; commercium salutare dirá León Magno,

El abandono de Jesús

«Dios le hizo pecado por nosotros», leemos en la Segunda Carta a los Corintios 5, 21.

Y allí, en la cruz,  donde Jesús, poco antes de morir, se dirige al Padre gritando: «Dios mío, Dios mío,¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15, 34; Mateo 27,46).

Grito misterioso de un Dios que se siente abandonado por Dios, en el momento culminante de su vida, Jesús había sido traicionado por los hombres, los suyos ya no estaban con Él, y ahora Dios, ese Dios al que llamaba Padre, Abba parece callar. El Hijo siente el vacío de su ausencia, pierde la sensación de su presencia. La certeza inquebrantable de que no estaba nunca solo (Juan 16, 32), de que el Padre siempre lo escuchaba (Juan 11,42), de que era instrumento de su voluntad, deja paso a la súplica llena de angustia.

Entonces parece que se oscurece lo que era más suyo; su íntima unión con el Padre, hasta el punto de no sentirse hijo: «Dios mío, Dios mío », grita, y no «Padre».

Así penetra Juan Pablo II con una profundidad impresionante en este misterio:

«Se puede decir que estas palabras sobre el abandono, nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre "cargó sobre Él, las iniquidades de todos nosotros" (Isaías 53, 6) y sobre la idea de lo que dirá san Pablo: "A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros" (2 Corintios 5,21). Junto con ese horrible peso, midiendo todo el mal de volver la espalda a Dios contenido en el pecado, Cristo, mediante la divina profundidad de la unión filial con el Padre, percibe de modo humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios».

«Lo cual-afirma san Juan de la Cruz- fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida quedando así aniquilado y resuelto así como en nada».

Y sin embargo -prosigue san Juan de la Cruz, «en Él se hizo la mayor obra que en [toda] su vida con milagros y obras había hecho ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia de Dios».

Aquel vértice de dolor que alcanzó el Hijo de Dios, se abre de par en par ante nuestros ojos como el ápice de su amor por nosotros.

Esta reflexión fue extractada del libro “Testigos de la Esperanza”, del padre vietnamita F. X. Nguyen Van Thuan, editado por Ciudad Nueva, Madrid 2000