EL TIEMPO Y LA DEFINICIÓN DE NUESTRO DESTINO ETERNO

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El tiempo es algo extremadamente precioso, porque es el ámbito donde se despliega nuestra vida, donde nos jugamos nuestro destino eterno.

Cuando se van sumando los días y los años, se vuelve pesada la monotonía, no resulta fácil mantener viva la llama inicial ni mantener intacta la fidelidad.

Todo el mundo es capaz de un impulso momentáneo. Mantener la fidelidad a través del tiempo es saber aceptar las «lentitudes» de Dios. Lentitudes para nuestra prisa humana, porque es breve, por eso tenemos prisa.

Dios, en cambio, tiene todo el tiempo de su parte, tiene la eternidad de su parte, y quiere que, por nuestra parte, tengamos paciencia.

Esto parece agudizar la tensión, pero de repente, un día, he aquí que llega la hora, el momento esperado. Así es el Reino de Dios. La espera es larga, pero, una vez colmada la medida escatológica, de la que nada sabemos, vendrá la hora.

Parece que Jesús nos diga: «Mirad al hombre del campo, espera con paciencia, pero la hora de la cosecha llega de una manera irresistible». La semilla está sembrada. Dios no deja nada inacabado. Él, que ha empezado la obra buena, la llevará a término.

El comienzo es la garantía de la consumación. Espera con paciencia y vuelve a comenzar la aventura de la fe. Atrévete a arriesgar, abandonándote a lo imprevisto de Dios, bajo la guía de su Espíritu, sin vacilaciones. Esta es la fidelidad que se experimenta a través del crisol del tiempo

Autor: M. Magrassi, de la obra “Afferrati da Cristo”, Noci 1991.