CARTA A LOS JÓVENES QUE NO ENCUENTRO

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Inspirado en un escrito de Mons. Carlo María Martini, S. J. Cardenal de Milán, junio de 1990

«Querido amigo, querida amiga, me gustaría conocerte, no te asombres porque te dirija mi carta precisamente a ti. He decidido escribirte porque -al menos hasta ahora- me ha sido imposible encontrarte: donde yo iba, tú no estabas, y donde tú ibas, yo no estaba.

Nuestros caminos se han cruzado a menudo: muchas noches, al volver de mis actividades, me ha parecido verte en la puerta de alguna discoteca, en algún café, en una plaza, o bien caminando por las calles. Habría deseado ir a tu encuentro, pero me preguntaba: "¿Cómo presentarme y, además, qué pensará de mi? ¿Con quién me comparará: con sus padres, un tanto molestos por sus tardanzas; con algún intruso, un tanto entrometido; con la imprevista intervención de algún agente de la fuerza pública? ¿Sería yo capaz de escuchar, de dialogar con ella, con él...?".

Entonces, he decidido escribirte. Trataré de ser breve y tú trata de leerla hasta el final. No te tenderé ninguna trampa, evitaré sermones y reproches: quisiera solamente hablarte y decirte que estoy dispuesto, si lo deseas, a dialogar contigo; quisiera tratar de comprenderte mejor a ti y a tus amigos. A los adultos a veces les sucede que reprenden antes de comprender el motivo de ciertos comportamientos y descalifican sin apelación posible. No quisiera comportarme de ese modo; por el contrario, trataré de escucharte y después de responderte. Algunos jóvenes, aun lejos de la Iglesia, me han escrito para explicarme el motivo de su alejamiento. Otros me lo han hecho saber por medio de amigos, me han dado sus razones.

He aquí algunas de las cosas que dicen (naturalmente, los nombres son ficticios, pero conservo fielmente lo sustancial de sus razonamientos).

Roberto: "Desde pequeño mi familia me ha dado una buena educación religiosa. Pero las preguntas que me planteaba eran muchas, como mucha era también la confusión que creaban en mi cabeza. Así, aunque al principio estaba - por así decirlo - obligado a ir a la iglesia, cuando llegué a cierta edad dejé de frecuentarla".

Marcos: "Me he alejado de la Iglesia porque mis padres me mandaron a la catequesis para la comunión y la confirmación, pero veía que a ellos no les interesaba lo que me enseñaban. En un momento dado ya no me obligaron, y ya no he vuelto más".

Laura: "Personalmente, creo mucho en las cosas prácticas, en los problemas concretos, cotidianos, en lo hechos... No en las teorías, en los pensamientos bonitos, en muchas palabras, como se escucha en la Iglesia. Para mejorar el mundo se necesitan hechos, no palabras".

Juan: "A un joven de hoy no le interesa la Iglesia. Prefiere distraerse, divertirse, evadirse, jugar, enamorarse, arriesgarse, tal vez incluso jugarse la vida corriendo en moto. Si vas a la Iglesia se te prohíbe todo esto".

Carlos: "Yo no estoy muy dispuesto a dejarme instruir por los curas... Algunos quieren convertirte a toda costa y he decidido no dejarme amaestrar por ninguno. No quiero ser manipulado ni encasillado. A vivir aprendo solo. Si me equivoco, lo pagaré yo".

Mónica: "Me gusta muchísimo bailar, mimarme, ser admirada, enamorarme, por lo menos el sábado por la noche y -el domingo. Pero esto no está de acuerdo con la religión. No acepto que la Iglesia me diga lo que tengo que hacer o no hacer con mi novio".

Esteban: "Hasta que terminé la enseñanza obligatoria fui a la iglesia y frecuentaba el oratorio. Pero después he visto que era un círculo de personas que te juzgaban, que estaban bien entre sí, que no aceptaban a “los nuevos”, que creían ser los mejores de todos. Y lo he dejado".

Débora: "Mi ir a la iglesia era un hábito más que una necesidad. Se trataba de una tradición, y no de un gesto hecho por amor".

Sara: "Yo no creo ya en nada. Alguna vez pienso que tiene razón mi padre cuando dice que también la Iglesia es un negocio, un partido político, una invención para tener a la gente calmada. Ni siquiera creo en el más allá. O mejor, creía cuando en niña, pero después he crecido, he conocido la realidad, el dolor, la muerte, la injusticia, el mal, y me he preguntado: "¿Pero qué hace Dios en medio de todo este caos? ¿Existe?". "Y, si existe, ¿por qué permite todo este dolor?". No sé..."

¿En qué estás pensando? ¿Acaso también tú suscribirías alguna de estas frases? ¿O tus motivos para no ir a la iglesia sor muy distintos? Yo, personalmente, me siento "desfavorecido": bajo estas expresiones transcurre la vida, la alegría, el dolor, el sufrimiento, la angustia mortal de quien me ha escrito. Me atrevería a decir aún más: consigo vislumbrar también algunas verdades y algunos errores que nosotros, "hombres de Iglesia", hemos cometido.

Encuentro, además, en estas frases la convicción de que ninguna persona, hombre o mujer, se resigna a vivir una vida insignificante. Nadie debería sentirse inútil, en poder de los otros o de la casualidad. Nadie puede llegar a ser "amo y señor" del hombre.

Aprecio tus ganas de cambiar este mundo de injusticias, de sufrimientos inútiles, de grandes masacres, de hipocresía, de explotación.

Y cuánto todas estas metas llegan a ser inalcanzables... puedo imaginar - aunque no lo entienda - que haya quien sienta la tentación de deslizarse a paraísos artificiales con todas sus consecuencias. Éstas sí que las he encontrado (en estos años): en las comunidades terapéuticas, en las cárceles, enfermos de SIDA, etc.

En estos jóvenes "desesperados" y en muchos otros compañeros tuyos veo que existe el sueño del amor, el ansia de hacer el bien; en todos es ardiente el deseo de amistad, la esperanza de hacer la vida más hermosa y placentera, la lucha por la solidaridad hacia todos y de forma particular hacia los marginados. Siento que tienen y quieren tener una propia conciencia, que en todos se esconden aspiraciones profundas, interrogantes inteligentes sobre el sentido de la vida.

El corazón humano - el tuyo, el mío, el de todos - es más rico de cuanto pueda parecer; es más sensible de cuanto se pueda imaginar. Es generador de energías inesperadas; es una mina de potencialidades a menudo poco conocidas o sofocadas por la poca estima de uno mismo, por la frustrante convicción de que "total, si es imposible cambiar algo... si yo ya no puedo más". Ahora quisiera valorar contigo algunas propuestas:

1)    La primera es ésta: intenta preguntarte sobre las verdades que están en lo más profundo de ti. No dudes en plantearte preguntas fundamentales, que podrían dejarte también sin respuesta: no tengas prisa en encontrar soluciones. Escúchate en la intimidad. Es un derecho tuyo interrogarte para conocerte en tus luces y en tus sombras, para saber de dónde vienes, dónde vas, qué sentido tiene tu vida, la vida de las personas que quieres, el sentido del mundo. No rechaces pensar, razonar, reflexionar. Teme más bien al que quiera sofocar esta capacidad tuya. Aunque no encuentres las respuestas de inmediato, te sugeriría que no te angusties ni te atormentes: ya es importante mantener viva la pregunta. Déjate ayudar por alguien en quien tengas confianza. Los curas que has conocido todavía te quieren y están dispuestos a echarte una mano. En el silencio de algún momento crucial, siéntete querido por Dios y, si puedes, dile: "Dios mío, qué difícil es orientarse en la vida, ¡échame una mano!".

2)    La segunda propuesta te parecerá un poco audaz, pero te la hago igualmente: trata de conocer a Jesús. Pregúntate qué piensas de él, de su vida, de su muerte en la cruz. Te invito a leer su vida, escrita en el evangelio (si no lo tienes, pídemelo: te lo regalaré con mucho gusto). No tengas miedo de Jesús: cuando le conozcas, lo sentirás más cerca, amigo, vivo, más concreto que la persona que está a tu lado.

3)    Siento cierto temor al hacerte esta tercera propuesta, pero voy a intentarlo de todos modos: demasiado a menudo se oye la crítica de que el oratorio, la Iglesia, es un ambiente cerrado (como decía Esteban); pues bien, trata de "cambiar las cartas que están sobre la mesa". En otras palabras, invita a los amigos a tu casa, invita también a alguien del oratorio, al cura, a quien te ha entregado esta carta mía, y habla con ellos, discute, haz oír tu voz, tus exigencias, tus problemas, los motivos que te han alejado de Dios y de la Iglesia.

Pregúntales y pregúntate: ¿qué sentido tiene nuestra vida?, ¿para qué sirve?, ¿qué hago por los demás?, ¿soy capaz de amar o creo que sé hacerlo?, ¿mi novio o mi novia agota el horizonte de mis esperanzas o hay algo más?, ¿estoy con él o con ella por placer o por amor, porque quiero de verdad su bien?

4)    La última propuesta: piensa en la desproporción entre el decir y el hacer, algo que me permite enviarte a hacer algo concreto por los demás. La conmoción que sientes al ver a los que sufren una enfermedad, los “sin techo”, los que buscan pan, casa y trabajo, a los voluntarios que acompañan a discapacitados, los encarcelados, los enfermos de SIDA... te invito a traducirla en un compromiso concreto, en proponerte hacer algo.

Quizá te suceda en los momentos de soledad, que te preguntas quién es amigo tuyo, cuántos amigos tienes. Y a lo mejor te quedas mal al constatar tantas indiferencias, traiciones, etc. Pero, te invito a revertir la pregunta ¿cuántos amigos tienes?, pregúntate ¿de cuántas personas eres amigo o amiga?. Y cuando hagas la experiencia de hacer brotar una sonrisa, encender una esperanza en la vida de los demás, te darás cuenta de que también en tu vida habrá más luz, más sentido, más alegría. Toma estas propuestas como una invitación. Discútelas con tus amigos.

Te he escrito en la confianza de que me habrías leído hasta al final y, por lo que parece, todavía estás leyendo. Pues bien, concluyendo, permíteme expresar un último deseo...»

Monseñor Martini termina expresando que quisiera que la relación iniciada con la carta, tuviera una continuación. Invita al receptor a escribirle, si lo desea; les reconoce que seguramente también puede aprender de ellos, y concluye  asegurándoles que desde este día rezaré por ellos, porque son importantes para él.