LA BIENAVENTURADA
VIRGEN MARÍA EN
EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA
El benignísimo y sapientísimo
Dios, al querer llevar a término la redención del mundo, "cuando llegó
la plenitud del tiempo, envió a su Hijo hecho de mujer... para que recibiésemos
la adopción de hijos" (Gal 4,4-5). "El cual por
nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, descendió de los cielos, y se
encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen". Este misterio
divino de salvación se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor
constituyó como su Cuerpo, y en ella los fieles, unidos a Cristo, su Cabeza, en
comunión con todos sus Santos, deben también venerar la memoria, "en
primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor
Jesucristo".
En efecto, la Virgen María,
que según el anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su corazón y en
su cuerpo y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada como verdadera
Madre de Dios Redentor.
Redimida de un modo eminente, en atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble vínculo, está enriquecida con esta suma prerrogativa y dignidad: ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas.
Al mismo tiempo ella está unida en la estirpe de Adán
con todos los hombres que han de ser salvados; más aún, es verdaderamente
madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen
en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella cabeza, por lo que también
es saludada como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su
prototipo y modelo destacadísimo en la fe y caridad y a quien la Iglesia Católica,
enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre
amantísima.