MARÍA,
ESCLAVA DEL SEÑOR
«Oh
María! que te reconociste «la esclava del Señor, enséñame a consagrar toda
mi vida al servicio de Dios».
Todos
los maravillosos efectos que la gracia produce en nuestra alma: filiación
divina, participación de la vida divina, comunicación íntima de la Trinidad-
se realizaron en María con una plenitud, un realce, una fuerza y un realismo
singularmente particulares.
Si
toda alma en gracia es hija adoptiva de Dios y templo del Espíritu Santo, la
Virgen lo es por excelencia y en el modo más perfecto, porque la Trinidad se
entregó a ella en el grado más alto que puede consentir la naturaleza de una
simple criatura. En efecto, María «está enriquecida con la suma prerrogativa
y dignidad de ser la Madre de Dios y, por tanto, la hija predilecta del Padre y
el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con
mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas» (LG53).
Querida
y escogida por Dios desde "toda la eternidad para ser Madre de su Hijo, María
ocupa el primer puesto entre los que el Padre «eligió en Cristo antes de la
constitución del mundo para que fuesen santos e inmaculados ante él» (Ef 1,
4). Primer puesto, por la singular plenitud de gracia y de santidad con que Dios
la adornó desde el momento de su inmaculada concepción; primer puesto, porque
fue prevista por la mente divina junto con la encarnación del Verbo, antes que
todas las creaturas. 
Y
cuando Adán, perdido el estado de gracia, fue arrojado del paraíso terrestre,
sólo un rayo de esperanza iluminó las densas tinieblas en que yacía la
humanidad caída: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer -dijo el Señor
a la serpiente- y entre tu linaje y el suyo: éste te aplastará la cabeza» (Gn
3, 15).
María
surge así en el horizonte: madre del Salvador, inmaculada, toda pura, que jamás
ni un instante ha sido esclava del demonio, sino que será siempre la criatura
intacta, toda de Dios, la hija predilecta en quien el Altísimo ha fijado
siempre con suma complacencia su mirada.
María
vivió la filiación divina con un sentido profundísimo de humilde dependencia,
de amorosa conformidad con el querer divino. El más hermoso testimonio de estas
disposiciones es su respuesta al mensaje del ángel: "He aquí la esclava
del Señor» (Lc 1, 38).
María
es consciente de su posición de criatura en orden al Creador y aunque Dios la
haya elevado a tan alta dignidad, «la más grande que se pueda pensar después
de la de Dios» (Pío XI, Lux veritatis), no encuentra nada más propio para
sintetizar y expresar sus relaciones con el Señor que declararse su «esclava»;
palabra que expresa magníficamente la actitud interior de .la Virgen para con
Dios: una actitud no transitoria, sino permanente y habitual en todos los
momentos y acciones de su vida, semejante a la de Jesús, que, al entrar en este
mundo, dijo: «Heme aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Hb
10, 7).
Del
mismo modo María, que había de ser la imagen más fiel de Cristo, se ofrece a
la voluntad del Padre celestial, diciendo: «He aquí la esclava del Señor; se
cumpla en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Y fiel a su ofrecimiento, María
aceptará incondicionalmente cualquier deseo manifiesto de la voluntad de Dios;
más, cualquier circunstancia que Dios disponga.
Estamos
ciertos de que en toda circunstancia, en todo momento, las disposiciones
interiores de María 'fueron las mismas del día de la Anunciación: «He aquí
la esclava del Señor».
Este
es el ejemplo y la lección que nos da María: una dependencia humilde de Dios,
una fidelidad absoluta a su voluntad, y una perseverancia invencible en la
vocación, a pesar de las dificultades y sacrificios que podamos encontrar en
nuestro camino.
Basado
en una meditación del libro “Orar con María”de P Gabriel de
la Editorial Monte Carmelo, Burgos 1987.