LA VIRGEN MARÍA, MODELO Y MADRE DE LA IGLESIA

Volver a Principal

La veneración a los santos ha sido el ámbito y el presupuesto para honrar a la Virgen María como «la primera en la comunión de los santos». En la sinfonía de la salvación es una nota necesaria, que resuena de modo singular en el seno de la Iglesia.

El misterio de la Iglesia y el misterio de la Virgen se esclarecen recíprocamente. Signo de ello es la espontaneidad y la profusión con que la antigua tradición cristiana aplicaba los mismos símbolos a la Iglesia y a María: madre y virgen, nueva Eva, paraíso, arca de la alianza, escala de Jacob, tabernáculo del Altísimo.

El Concilio Vaticano II ratifica esta tendencia, al incluir el tema mariológico como último capítulo de la Constitución Dogmática Lumen Gentium (LG); María es la «suprema realización de la Iglesia», su «primera personalización».

La dignidad de la Virgen, y su relevancia en la Iglesia se apoya en su pertenencia al misterio de Cristo. Con María, «después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación» (LG 55).

Como madre del hombre Jesús, y por ello madre de Dios, se entregó enteramente a la obra del Hijo. En cierto sentido ha generado a la humanidad entera, en la medida en que Jesucristo «reasume» en sí a todos los hombres. La venida del Espíritu sobre ella la vincula al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia no sólo en el momento de la encarnación, sino igualmente en Pentecostés.

Esta vinculación indestructible de la Virgen María con la Iglesia se realiza en una triple dirección.

o       María se encuentra en el seno de la Iglesia peregrina porque su itinerario es el de todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en el camino hacia su consumación prolonga el itinerario realizado por la Virgen María. «La Iglesia la ve como su figura en la fe, la esperanza y la caridad» como se señala en la exhortación Redemptoris Mater (RMa 2,5) porque fue «la primera discípula» (RMa 20). Su camino incluso fue más largo porque se inició en la anunciación y precedió al de los mismos apóstoles. Por ello pertenece al misterio de la Iglesia desde su inicio y se mantiene en el corazón mismo de la Iglesia (RMa 26-27).

o       Esta escucha discipular de la Palabra de Dios y su presencia continua en la Iglesia no puede ser más que materna y universal. La disponibilidad a la acogida del Espíritu, su actitud de deberse y agradecerse a la iniciativa gratuita de Dios expresa lo femenino de la Iglesia, su negativa a considerarse posesiva o dominadora Precisamente por eso su actitud hacia los hombres no puede ser más que acogedora, comprensiva y maternal. Por eso es considerada intercesora, abogada, auxiliadora, socorro, mediadora (si bien esta colaboración en la obra de su Hijo no puede situarse al nivel del Redentor ni quitar nada a su mediación: LG 62).

o       La madre de Dios es ya el cumplimiento escatológico de la Iglesia (LG 63). Y desde su mediación subordinada a la del Redentor contribuye de manera especial a la unión de la Iglesia peregrina con la Iglesia llegada a la gloria del Padre. Desde su posición privilegiada (en cuanto inmaculada y asunta) anticipa lo que todo cristiano está llamado a ser.

En conclusión, la Virgen puede ser considerada y proclamada como la Madre de la Iglesia. Esta expresión fue evitada por el Vaticano II por motivos ecuménicos, pero reconoció el contenido: la Iglesia «la honra como a madre amantísima» (LG 53). S.S. Paulo VI lo confesará de modo explícito en la clausura de la tercera etapa conciliar.

Basado en una reflexión propuesta en el libro “Eclesiología” de Eloy Bueno de la Fuente, de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1998.