El
doble carácter de la Cuaresma -bautismal y penitencial- tiene la finalidad de
preparar cada año a los fieles, «entregados más intensamente a oír la
palabra de Dios y a la oración» , a la celebración de la Pascua.
El
fuerte compromiso exigido por el itinerario cuaresmal llama la atención del
fiel sobre el modo como ha acogido el anuncio de fe y sigue las huellas
de Cristo, a través del camino liberador de la cruz.
El
discípulo, que cada año recorre ese camino con espíritu renovado, halla en la
persona de la Santísima Virgen el ejemplo concreto de la manera
como hay que acoger la palabra de Dios y responder a Cristo en el camino del
Calvario.
Seguir
a Cristo por el camino de la cruz implica adoptar la actitud del discípulo
que camina siguiendo las huellas del Maestro; son huellas que llevan a la
cruz, y por ellas pasó la Santísima Virgen María.
Todo
es comprensible si se acepta entrar en el misterio de la voluntad del Padre, en
la aceptación de su voluntad: en eso consiste el verdadero discipulado.
Dos referencias evangélicas acentúan dicha dimensión: la lectura eclesial de Lc 2,41-52, recordando la pérdida de Jesús en el templo y su respuesta, orienta la mirada hacia la Madre de Jesús que «conservaba todo esto en su corazón».
Asimismo,
el fragmento de Mt 12,46-50 recuerda que pertenece a la familia de Jesús «el
que cumple la voluntad del Padre Celestial».
El
secreto del discípulo consiste en atesorar la Palabra divina; ahí está
aquella sabiduría que es la única que puede alegrar el corazón. Y la Iglesia
canta esta realidad: «Tus palabras, Señor, son espíritu y vida», y
reconoce dichosa a la Santísima Virgen porque «conservaba la palabra de Dios,
meditándola en su corazón».
Se
acentúa en María el haber sido fiel «discípula de la Palabra encarnada»,
en efecto, ella es «el modelo del discípulo» que acoge la Palabra.
La
actitud de disponibilidad plena y sin condiciones subraya sobre todo el papel
que la Virgen desempeña en la Iglesia, cuando el fiel y la comunidad hacen suyo
el designio de salvación.
En
la línea de la bienaventuranza evangélica: «¡Dichosos los que escuchan la
palabra de Dios y la cumplen!», reflejada fielmente en María «madre y
discípula del Hijo» , la Iglesia suplica imitar su actitud con un
corazón abierto a «escuchar el mensaje de salvación»; con
opciones de vida que permitan «producir fruto abundante»; y
mediante «la gracia de la sabiduría» que no se puede alcanzar
por las solas fuerzas humanas sino por la participación en los santos
misterios.
La
ejemplaridad de la Virgen, si por un lado aparece claramente, por el otro
interpela al fiel que se sitúa en el mismo camino de fe. Ser como María fieles
discípulos de Cristo implica seguir «el ejemplo de la Virgen».
Lo
anterior, exige en primer lugar
una búsqueda constante de la voluntad del Padre y, en segundo lugar, una
atención a la palabra de Cristo y una fidelidad a sus mandatos