Vamos
a abordar un tema extraordinariamente sugestivo: la ejemplaridad de María sobre
nosotros como sublime modelo de la espiritualidad cristiana. 
La
orientación de esta presentación intenta, ante todo, el fomento de nuestra
piedad mariana, exponiendo las grandes virtudes que practicó María durante su
vida mortal bajo el influjo constante de la gracia del Espíritu Santo, con el
fin de que nos sirvan de modelo y ejemplo para nuestra propia vida cristiana, y
constituye una especie de espiritualidad mariana.
La
llamada espiritualidad mariana no tiene ni puede tener otra finalidad que la de
hacernos vivir más íntima y profundamente el misterio de Cristo, o sea, la auténtica
vida cristiana. La devoción entrañable y el culto ferviente a la Virgen María,
la Madre de Jesús, no solamente no empaña ni menoscaba en modo alguno el honor
y la gloria, que pertenecen por derecho propio al Redentor del mundo, sino que,
como dice admirablemente el Concilio Vaticano II, “lejos de impedir la unión
inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta”.
La fórmula más completa de la devoción a la Virgen ha sido y será siempre a Jesús por María, o sea María como camino más corto y expeditivo para llegar a Jesús, así como Él es el único camino que conduce directamente al Padre.
Al hablar del privilegio singularísimo de la Inmaculada Concepción, se puede afirmar que la gracia inicial de María, o sea, la que recibió en el instante mismo de su concepción, fue superior a la gracia final de todos los ángeles, santos y bienaventurados del cielo aún tomados conjuntamente.
Grande,
inmensa fue la gracia de Dios que recibió María en el instante mismo de su
concepción inmaculada. Sin embargo, no fue ni pudo ser una gracia infinita, que
es la propia y exclusiva de Cristo.
El
Concilio de Trento enseña que todas las almas, mientras permanezcan en este
mundo en camino hacia la patria eterna, pueden aumentar,
mediante las buenas obras, el tesoro de su gracia santificante.
Ya
se ha dicho que, además de con las buenas obras, la gracia santificante se
puede aumentar por la digna y ferviente recepción de los sacramentos, así como
por la eficacia impetratoria de la oración.
Ante
todo, la Santísima Virgen con sus buenas obras hizo crecer desmesuradamente el
tesoro de las gracias recibidas en el momento de su concepción inmaculada.
Sus
buenas obras fueron objetivamente excelentísimas durante toda su vida;
subjetivamente, perfectísimas; incontables, numéricamente consideradas;
fueron, por tanto, singularmente eficaces para aumentar el tesoro, ya en sí
ingente, de la gracia santificante que le fue concedida.
La
excelencia objetiva de los actos de virtud de María en sus obras buenas fue
sobremanera singular. Toda su vida, respecto a su actividad espiritual, se podría
convenientemente dividir en tres grandes períodos:
Desde
su inmaculada concepción hasta la encarnación del Verbo;
Desde
la encarnación del Verbo hasta la ascensión del Señor; y:
Desde
la ascensión de Nuestro Señor hasta su gloriosa asunción.
Para
dar una idea de estos actos, podemos decir que en el primer período
prevalecieron en ella los actos especialmente de la vida contemplativa, mediante
la cual creció prodigiosamente en caridad, preparándose convenientemente a su
altísima misión y dignidad de Madre de Dios, para la cual había sido
predestinada. 
En
el segundo período predominaron en María los actos de la vida activa, habiéndose
ocupado de una manera especial en el servicio de su divino Hijo. Los actos de
caridad y de otras tantas virtudes por ella practicadas en este largo período
es más fácil imaginarlos que describirlos.
Basta
dar una simple mirada a la vida de Jesús, a las vicisitudes de su infancia, a
sus ocupaciones, a su apostolado, para poderse formar una idea, aunque pálida,
de los actos de virtud practicados por su divina Madre, sobre todo en el
transcurso de su pasión y muerte.
En
el tercer período, finalmente, vuelven a prevalecer los actos de la vida
contemplativa, aunque no por esto descuidó los actos propios de las virtudes
activas, pues mientras permanecía completamente absorta en la contemplación de
su Bienamado, atendía, como Reina de los apóstoles, con singular celo, las
funciones de una vida del todo apostólica.
En
la existencia de la Santísima Virgen, por tanto, encontramos reunidas todas las
características, todas las perfecciones, todos los méritos de la vida activa y
contemplativa.
Si
tan excelentes, consideradas en su objetividad material, fueron las obras buenas
practicadas por María, ¿qué habríamos de decir de su perfección subjetiva,
o sea, del fervor de caridad, de la pureza de intención y, en general, de las
disposiciones santísimas con que las realizó?
Ahora
bien: los actos de la Santísima Virgen fueron sumamente excelentes, no sólo
objetivamente considerados, sino también subjetivamente tomados, por el ardor
inefable de caridad, por las perfectísimas disposiciones con que eran
realizados. Ninguna obra externa, ni siquiera un solo movimiento interior, se
realizaba en ella que no fuese fervoroso y perfecto; ella operaba siempre con
toda la intensidad del amor. ¿Quién podrá decir, pues, cuánto creció, aun
en este aspecto, en gracia?
Nótese
el número impresionante de estas obras buenas, tan perfectas tanto objetiva
como subjetivamente consideradas. y, consiguientemente, el número creciente de
méritos. correspondiente al número de actos virtuosos. ¿Qué matemático podrá
jamás calcular tan inmensa cifra? Desde su concepción inmaculada a su gloriosa
asunción, es decir, desde el comienzo hasta el final de su vida terrena. no
hubo una sola hora, un solo momento, un solo instante, en que no hayan aumentado
sus méritos.
Casi
sin interrupción de ninguna clase, con la mente fija en Dios pensaba en cosas
divinas, y conservando el pleno dominio de sus actos, no padecía jamás
distracción alguna, ni siquiera involuntaria. Cooperaba continuamente. de
manera admirable, a la gracia divina. Todos los instantes de la vida de la
Virgen, pues, fueron meritorios en el grado más perfecto. Referente al tiempo
en que María permanecía despierta, esta doctrina es comúnmente admitida por
los teólogos marianos; pero incluso, se discute si María mereció también
durante las horas del descanso.
Realmente
la imaginación se aturde ante tanta grandeza. Y nótese que el desarrollo
progresivo de la gracia santificante en María se hizo a un ritmo cada vez más
acelerado, según el principio teológico
expuesto admirablemente por Santo Tomás de Aquino.
Por
otra parte, parece cierto que la plenitud inicial de gracia fue en ella superior
ya a la gracia final de todos los santos juntos, la aceleración de esta marcha
ascendente hacia Dios sobrepuja a todo lo que se puede decir. Nada la retardaba,
ni las consecuencias del pecado original, ni ningún pecado venial, ni ninguna
negligencia o distracción, ni ninguna imperfección, pues no estuvo nunca menos
pronta a seguir las inspiraciones dadas en forma de consejo. Tal sería el caso
de un alma que, después de haber hecho el voto de hacer siempre lo más
perfecto, lo observase fielmente.
La
caridad aumenta,
pues, en nosotros como una cualidad, como el calor que va creciendo, y esto
sucede por diversas causas: por el mérito, la oración y los sacramentos. Y en
María sucedió lo mismo con más razón y sin imperfección alguna por su
parte.
Los
méritos de María eran, pues, cada vez más perfectos; su corazón purísimo se
dilataba, por así decirlo, cada vez más, y su capacidad divina crecía.
Mientras
que nosotros olvidamos con frecuencia que estamos en viaje para la eternidad, y
buscamos instalarnos en la presente vida como si hubiese de durar siempre, María
tenía siempre sus ojos fijos en el fin último de su viaje, en el mismo Dios, y
no perdía ni un minuto del tiempo que se le había dado. Cada uno de los
instantes de su vida terrena entraba así, por los méritos acumulados y cada
vez más perfectos, en el único instante de la inmutable eternidad. Veía los
momentos de su vida no sólo sobre la línea del horizonte temporal, en su
relación con el porvenir terrestre, sino sobre la línea vertical, que los
relaciona todos con el instante eterno que no pasa.
Conviene notar además, como enseña Santo Tomás, que en la realidad concreta de la vida no existe un acto deliberado indiferente. Si el acto es indiferente (es decir, ni moralmente bueno ni malo) por su objeto (como ir de paseo o enseñar matemáticas), este mismo acto es moralmente bueno o malo según el fin con que se haga, pues un ser racional debe obrar siempre por motivos racionales, por un fin honesto, no sólo deleitable o útil.
Se concluye que, en una persona en estado de gracia, todo acto deliberado que no sea malo, que no sea pecado, es bueno; está, por consiguiente, virtualmente dirigido a Dios, fin último del justo, y es, pues, meritorio.
Resulta de aquí
que todos los actos deliberados de María eran buenos y meritorios, y en el
estado de vigilia no hubo en ella un acto indeliberado o puramente maquinal,
independiente de la dirección de la inteligencia y de la influencia de su
voluntad vivificada por la caridad.