LA MUERTE ETERNA

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«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,3). Del hecho de que Dios quiere la salvación de todos se sigue que no quiere la perdición de nadie; no quiere la muerte eterna.

Conviene partir de esta elemental constatación, porque dedicar una reflexión a la muerte eterna, puede dar la impresión de que el cristianismo fuese una «doctrina de dos caminos» .

Pero no es así: según la fe cristiana, la historia no tiene dos fines, sino uno: la salvación. Esta es, por consiguiente, el objeto propio de la esperanza escatológica.

Mientras que el triunfo de Cristo y de los suyos es una certeza absoluta, predicable en cuanto tal y, en general, de la historia y de la comunidad humana, la condenación es una posibilidad, factible tan sólo en casos particulares.

Una de las persuasiones mas firmes del Antiguo Testamento es la bondad de Dios y sus obras. Dios vio que era bueno cuanto había hecho (Gén 1); no ha creado nada para la muerte, ni aborrece nada de lo que existe (Sab 1,13; 11,24); no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,23; 33,11).

El Nuevo Testamento define a Dios, pura y simplemente, como amor (1 Jn 4,8) y le atribuye el propósito, serio y eficaz, de que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4); a tal fin, usa de paciencia, prolongando la historia, puesto que no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 Pe 3,9).

En la predicación de Jesús, la originalidad de su concepción del reino de Dios, frente a la que es propia de los profetas que le precedieron, consiste en que se anuncia y promete sólo la salvación, no la salvación y la condenación .

El discurso programático en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16) provoca una violenta reacción en el auditorio; el evangelista comenta que «todos testimoniaban contra él y se extrañaban de las palabras de gracia que salían de su boca» (v.22), hasta el punto que quisieron matarlo (v.28-30). El furor de los judíos se debe a que Jesús ha citado un conocido oráculo (Is 61,l), pero la cita es incompleta: en ella se ha suprimido el anuncio de «el día de venganza de nuestro Dios». Los oyentes de Nazaret se percataron de la variación del tono; un mensaje en el que no hay lugar para el castigo, sino sólo para «las palabras de gracia», es inusitado y les suena a novedad sacrílega.

Novedad que Jesús mantendrá hasta el final; las parábolas del perdón (Lc 15,1; 18,9 14) son expresiones concretas de que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva».

El Jesús del cuarto evangelio se auto define diáfanamente como salvador: «porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17); «si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no lo condenaré, porque no he venido para condenar al mundo, sino para salvar al mundo» (Jn 12,47).

Tampoco Pablo piensa que el Evangelio sea anuncio bivalente de salvación o condenación «la palabra que os dirigimos no es “sí” y “no”. Porque el Hijo de Dios....no fue “sí” y “no”, en Él no hubo mas que “sí” » (2 Cor 1, 18). Y en Rom 8,31 el Apóstol muestra como ni el Padre ni el Hijo acusan o condenan, de modo que  «nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo».

En el Nuevo Testamento la idea de la condenación se formula en una serie de expresiones que significan, la negación de aquella comunión con Dios en que consiste la Bienaventuranza.

Así se habla de «perder la vida»Mc 8,35; Mt 10,28; Jn 12,25, «no ser conocido» Mt 7,23. Recuérdese que conocer es comunicarse íntimamente en el marco de una relación interpersonal, fórmula que invierte la que designa la vida eterna como «conocimiento»; «ser echado (o quedar) fuera»; (Lc 13,23  en los versículos 25-27 la frase «no sé de dónde sois» equivale al «no os conozco» de Mt 7,23, cuyo significado aparece claro en el versículo 27, como negación de la comunión con Cristo).

Parece claro que, contrariamente a lo que ocurría con la bienaventuranza, el infierno no se describe en sí y por sí como magnitud, sino que se llega a él en un segundo momento, a base de anteponer una negación a las descripciones de la salvación consumada.

En otras palabras: la revelación del infierno sólo es posible desde la revelación del cielo y como su imagen invertida, como la eventual frustración de lo anunciado en primer término. Al ser con Cristo responde el ser apartados de (o no ser conocidos por) él; al entrar en el reino, el quedar fuera; al sentarse en el banquete, el ser arrojados de él; etc. Y así como el misterio de la salvación escatológica puede expresarse simplemente por la palabra vida (o vida eterna), el de la perdición alcanza su apelación más rotunda y concisa en la idea de muerte (o muerte eterna).

Por lo demás, es demasiado evidente que este estado de muerte es tan definitivo e irrevocable como el de la vida: la lógica del discurso impone la absoluta sinonimia del adjetivo «eterno», tanto cuando se aplica al estado de salvación como cuando califica el estado de perdición.

El texto de Ap 14,11, que habla de un tormento que dura «por los siglos de los siglos», certifica la eternidad (definitividad) del infierno.

Resumiendo, la doctrina de la muerte eterna aparece en el Nuevo Testamento a través de una doble serie de lugares: en unos se la describe bajo el aspecto de exclusión de la vida con Dios; en otros se prefiere insistir en el aspecto doloroso que tal exclusión entraña; ambas series no remiten a elementos distintos y complementarios de la perdición, sino al mismo y único estado de muerte eterna, considerado siempre globalmente.

Cabe preguntarse, con todo, por qué la imagen del fuego ha prevalecido -en las fórmulas sobre las demás. ¿Tal vez porque sugiera un dolor sumamente penetrante? Esa es, sin duda, la asociación de ideas más inmediata para nuestra cultura.

Pero varios pasajes de los sinópticos apuntarían a otra explicación, seguramente más próxima al mundo ambiental palestino, donde el uso del fuego como destino de lo ya inservible era un gesto habitual de la vida diaria. En el mensaje conminatorio del Bautista, el árbol que no da fruto «será echado al fuego» (Mt 3,10); lo mismo sucederá con la paja, una vez separada del trigo (Mt 3,12; Lc 3,17). Jesús se expresa de modo semejante: «todo árbol que no da buen fruto... es arrojado al fuego» (Mt 7,19); también eso es lo que se hace con la cizaña (Mt 13,30.40-42; Jn 15,6).

Que el estado de muerte eterna sea llamado fuego responde a la intención de resaltar el carácter de total desastre (de perdición en el más riguroso sentido del término) de la vida alejada para siempre de Dios, la fuente de la vida.

¿Cómo hacer compatible esta doctrina de la muerte eterna con aquellos otros lugares de la Escritura que enseñan la bondad de Dios y la naturaleza exclusivamente salvífica de la misión de Cristo?

Los textos de Jn 3,17-19 y 12,47s advierten que el juicio condenatorio procede del condenado mismo, en cuanto que no cree o no acoge la palabra de salvación. De suerte que no es preciso que Cristo condene a nadie; el hombre se basta por sí solo para perderse cuando se sustrae voluntariamente a la oferta de salvación.

En este contexto, los réprobos de Mt 25,32 los son, no porque el Señor los sitúe en tal estado, sino porque se han labrado su propio destino de condenación cerrándose a las obras del amor fraterno.

Reflexión desarrollada basada en el libro “La pascua de la creación” de Juan L. Ruiz de la Peña, editado por la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996.