Creamos
en Jesucristo, nuestro Señor, nacido del Espíritu Santo y de la virgen María.
Pues también la misma bienaventurada María concibió creyendo a quien alumbró
creyendo.
Después
de habérsele prometido el hijo, preguntó cómo podía suceder eso, puesto que
no conocía varón. En efecto, sólo conocía un modo de concebir y dar a luz;
aunque personalmente no lo había experimentado, había aprendido de otras
mujeres -la naturaleza es repetitiva- que el hombre nace del varón y de la
mujer. El ángel le dio por respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti
y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, lo que nazca de ti
será santo y será llamado Hijo de Dios”.
Tras
estas palabras del ángel, Ella, llena de fe y habiendo concebido a Cristo antes
en su mente que en su seno, dijo: “He aquí la esclava del Señor; hágase
en mí según tu palabra”.
Cúmplase,
dijo, el que una virgen conciba sin semen de varón; nazca del Espíritu Santo y
de una mujer virgen aquel en quien renacerá del Espíritu Santo la Iglesia,
virgen también. Llámese Hijo de Dios a aquel santo que ha de nacer de madre
humana, pero sin padre humano, puesto que fue conveniente que se hiciese hijo
del hombre el que de forma admirable nació de Dios Padre sin madre alguna; de
esta forma, nacido en aquella carne, cuando era pequeño, salió de un seno
cerrado, y en la misma carne, cuando era grande, ya resucitado, entró por
puertas cerradas.
Estas
cosas son maravillosas, porque son divinas; son inefables, porque son también
inescrutables; la boca del hombre no es suficiente para explicarlas, porque
tampoco lo es el corazón para investigarlas. Creyó María, y se cumplió en
ella lo que creyó.
Creamos
también nosotros para que pueda sernos también provechoso lo que se cumplió.
Aunque también este nacimiento sea maravilloso, piensa, sin embargo, ¡oh
hombre!, qué tomó por ti tu Dios, qué el creador por la creatura: Dios que
permanece en Dios, el eterno que vive con el eterno, el Hijo igual al Padre, no
desdeñó revestirse de la forma de siervo en beneficio de los siervos, reos y
pecadores. 
Y esto no se debe a méritos humanos, pues más bien merecíamos el castigo por nuestros pecados; pero, si hubiese puesto sus ojos en nuestras maldades, ¿quién los hubiese resistido?. Así, pues, por los siervos impíos y pecadores, el Señor se dignó nacer, como siervo y hombre, del Espíritu Santo y de la virgen María.
Reflexión
basada en un Sermón de
SAN AGUSTÍN. Difundido por
la Facultad Teológica Pontificia «Marianum», durante el año 2001.