EN BUSCA DE CURACIÓN

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En Lourdes, los enfermos son omnipresentes. Los sufrimientos, pero también la paciencia, la sonrisa y la oración de los paralíticos, sentados o tendidos, es un espectáculo que cambia no importa si se trate de un peregrino o de un simple visitante. «Es imposible -decía uno de ellos, que en principio había llegado allí como turista- comportarse aquí de manera mezquina».

Esos enfermos acuden a demandar su curación, y todos los que se ocupan de ellos piden su salud. Lourdes es una escuela de la petición, una escuela para convertir la oración de petición en camino hacia la adhesión a la voluntad de Dios.

¡Mira a María! Hacia la madre compasiva, cierto, pero también, hacia la Virgen de la petición a Dios.

María en Caná. Atenta a nuestras necesidades y presentándolas brevemente a su Hijo.

Luego volviéndose hacia nosotros para infundirnos su confianza: «Haced lo que él os diga. Dadle crédito».

Es la forma de aceptar la voluntad de Dios, el inmenso rumor de los fíat que resuena por todo Lourdes. Pero, ¿qué lleva implícito ese esfuerzo por querer lo que Dios quiere?

La esperanza de curación. Hay curaciones en Lourdes y en todos los lugares de peregrinación. Pero el milagro más extraordinario, que todo el mundo puede constatar, es el ambiente que reina en el regreso a casa de la multitud de los no-curados. En los trenes se canta y se reza. Han recibido en Lourdes el don de la paz y de la adhesión a la vida más dura, esa forma de vida que no se aceptaba antes de ir a Lourdes. El fíat de Lourdes no es un despecho o una resignación, es la adhesión, señal mariana por excelencia.

¿Y la ofrenda de los sufrimientos? En este punto es necesario poner mucha atención para no caer en una falsa concepción de Dios. ¿Cómo imaginar que Él, que nos quiere, puede ser feliz recibiendo, como regalo nuestros sufrimientos, incluso en orden a un misterioso objetivo de redención? La redención sería un abominable mercado si hubiese que pagarlo con las lágrimas de Jesús y las nuestras.

Sí, se ofrece algo que es poderosamente redentor, la paciencia y el amor con los que se acepta el sufrimiento sin dejarse ahogar por él. María no ofreció los sufrimientos de su Hijo, ella ofreció el inimaginable amor que se elevaba de la agonía, de la flagelación, del vía crucis, del «Tengo sed» y del «¿Por qué me has abandonado?».

Pero también el que surge del «Perdónalos» y de la confianza victoriosa, redentora: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Los enfermos de Lourdes, espontánea o cariñosamente animados a ello, realizan un gesto de amor que resulta mucho mejor cuando se hace cerca de María.

Pero hay también curaciones dudosas, decepciones mal aceptadas, falsas ideas de Dios y del papel de María. ¿Por qué negarlo? El mundo de las apariciones marianas exige una pastoral certera e incesante.

La religiosidad popular debe ser evangelizada. Pero, cuando se piensa en las multitudes que atraen las peregrinaciones en el mundo entero, no queda menos que considerar la importancia de que los feligreses no distorsionen los objetivos y expectativas realistas que se deben tener en estos casos.

Aunque recurrimos a María como intermediaria, hay que entender  que su poder de intercesión no actúa al modo de una simple curandera. La fe permite y aconseja recurrir en la enfermedad a María, pero siempre en una actitud creyente que no olvida que debemos aceptar la voluntad de Dios, que a fin de cuentas sabe mejor que nadie lo que verdaderamente necesita cada uno.

Narración preparada basada en una contemplación propuesta en el libro “Mirar a María”, de André Seve de Ediciones Mensajero, Bilbao 1997.