Orígenes (185-253), es uno de los personajes más controvertidos en la historia de la cristiandad. Algunas de sus ideas, contrarias a las enseñanzas de la Iglesia, le valieron durante los años subsecuentes, la destrucción y prohibición de muchas de sus obras, sin embargo, en fechas posteriores, se revisó más detalladamente su obra y su vida, y aunque por algunas de sus creencias no fue posible considerarlo un mártir de Cristo, que en cierto sentido lo fue, parte de su obra se ha re-evaluado, e incluso en el Libro de la Liturgia de la Horas, posterior al Concilio Vaticano II, se han insertado lecturas de sus escritos; entre otros, seis extractos de sus homilías, dos de sus comentarios, dos más de sus exhortaciones al martirio, y finalmente uno de su tratado sobre la oración.

Con el propósito de que los congregantes marianos puedan tener una idea más concreta sobre el pensamiento de este personaje, se presenta un extracto de uno de sus tratados, específicamente sobre las CIRCUNSTANCIAS DE LA ORACIÓN. Helo aquí:

En este texto, se habla brevemente sobre la disposición y postura que uno debe guardar al hacer oración: lugar, tiempo apto y adecuado para la oración, y cosas por el estilo. La disposición se refiere al alma, la postura al cuerpo.

Así Pablo, describe la disposición diciendo que debemos orar «sin ira ni querellas»; la postura queda expresada con estas palabras: «Elevando hacia el cielo las manos» (1 Tim 2,8). Me hace pensar que esto esta tomado de los Salmos, donde se habla de «el alzar de mis manos como oblación de la tarde» (Sal 141,2). Referente al lugar, dice Pablo: «Quiero que los hombres oren en todo lugar» (1 Tim 2,8).

Me parece que inmediatamente antes de la oración hay que prepararse recogiéndose un poco, con lo cual estará el alma más atenta y diligente durante todo ese tiempo. Debe desecharse cualquier tentación y pensamiento que distraiga. Dense cuenta, en cuanto les sea posible, de la majestad a quien se acercan, pensando lo impío que es estar en su presencia sin reverencia, con pereza o menosprecio. En ese tiempo olvídese de todas las cosas. Ha de entrar en oración de esta manera: extienda el alma, si fuere posible, en vez de las manos; en vez de los ojos, fije en Dios la mente; en vez de estar de pie, levante del suelo la razón y así manténgala delante del Señor.

De quien parezca haberle injuriado aparte su indignación tan lejos como quiera que Dios retire su enojo contra usted, si ha hecho mal o pecado contra alguna persona o tiene idea de haber obrado contra la propia conciencia.

Muchas y diferentes pueden ser las posturas del cuerpo al orar, pero siempre debe hacerse en forma digna. En determinadas circunstancias se puede orar sentado, por ejemplo, si las piernas no aguantan, debido a alguna enfermedad de consideración. Se puede orar estando acostado cuando hay alguna enfermedad. Depende de las circunstancias. Por ejemplo, si viajamos, o si no podemos dejar el trabajo para acudir a la oración formal, entonces podemos orar como si aparentemente no estuviésemos haciéndolo.

Es recomendable ponerse de rodillas cuando vamos a hablar de nuestros pecados ante Dios, pues le suplicamos nos sean perdonados. Entendamos que, como dice san Pablo, esta postura es símbolo de la «actitud humilde ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (Ef 3,14-15).

Se entiende esto como genuflexión espiritual porque todo lo que existe adora a Dios en el nombre de Jesús a quien están sometidas todas las cosas.

Parece decirlo el Apóstol en estos términos: «Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2,10).

Con respecto al lugar, sepamos que ora bien en todas partes la persona que ora bien. Pues «en todo lugar se ofrece incienso a mi nombre... dice el Señor» (Mal 1,11). Y «quiero que los hombres oren en todo lugar» (1 Tim 2,8). Pero todos pueden, si se me permite la expresión, tener un lugar especial para la oración en el propio hogar, donde puedan recogerse tranquilamente y sin distracción. Inspecciónese bien este recinto para evitar cualquier cosa impropia del lugar de oración o que sea fuera de lo razonable.

Al reflexionar sobre este lugar sugiero una idea que puede parecer dura pero no despreciable para quien lo considere despacio, se trata del lugar donde se haga vida matrimonial, legítimamente por supuesto, pero permitida según la expresión del Apóstol: «por concesión, no por mandato». Cabe preguntarse si éste sería lugar santo y puro a los ojos de Dios, porque si a uno le resulta imposible sacar tiempo para orar como es debido, a no ser que « de común acuerdo» lo dispongan (1 Cor 7,5), lo mismo se puede decir del lugar.

El lugar de oración, el sitio donde se reúnen los fieles, tiene probablemente gracia especial para ayudarnos, porque los ángeles acompañan en las asambleas de los fieles. También el poder de nuestro Señor y Salvador, y las benditas almas de los difuntos y aún de los vivos, aunque esto no sea fácil de explicar.

Con respecto a los ángeles podemos discurrir de este modo. Si es cierto que «acampa el. ángel del Señor en torno a los que le temen y los libra» (Sal 34,8); esto se refiere a todos los que confían en Dios cuando dice: «el ángel que me ha rescatado de todo mal» (Gen 48,16), entonces es probable que, cuando mucha gente se reúne solo para alabar a Jesucristo, el ángel de cada uno esté en torno a los que temen al Señor, junto a la persona que le ha sido encomendada.

Por consiguiente, en estas reuniones hay una doble asamblea: la de los hombres y la de los ángeles. ¿Qué diríamos, pues, cuándo muchas personas en el mismo camino, con el mismo ideal y sentimientos, se reúnen formando el cuerpo de Cristo?

Refiriéndose al poder del Señor presente en la Iglesia, dice Pablo: «En nombre del Señor Jesús, reunidos vosotros y mi Espíritu» (1 Cor 5,4). Quiere decir que el poder de Jesucristo, el Señor, está con los corintios tanto como con los efesios. Si Pablo, todavía en cuerpo mortal, da por supuesto que está presente en Espíritu durante las asambleas de los corintios, no debemos desechar la idea de que también las benditas almas de los difuntos acuden a las asambleas con más diligencia aún que los que tienen cuerpo. Por eso, no se menosprecien las oraciones comunitarias, ya que añaden algo excelente a quienes piadosamente se reúnen.

El poder de Jesús, el Espíritu de Pablo y de otros parecidos a él, los ángeles del Señor protegen a cada uno, los acompañan en sus caminos y se reúnen con aquellos que piadosamente se congregan. Por eso hemos de procurar que nadie se haga indigno, y despreciando a Dios se entregue al diablo por sus pecados e iniquidades.

Así lo dice el Señor por Isaías: «Cuando venís a presentaros ante mi..., al extender vuestras palmas me tapo Los ojos para no veros. Aunque menudeen vuestras plegarias, yo no oigo» (Is 1,12.15). Quizás correspondiendo al pueblo santo y a los ángeles buenos antes mencionados existan otras agrupaciones de hombres perversos y ángeles malos. De tal consorcio podrían decir los ángeles santos y hombres piadosos: “No voy a sentarme con los falsos, no ando con hipócritas; odio la asamblea de los malhechores y al lado de los impíos no me siento» (Sal 26,4-5).

Por eso creo que los habitantes de Jerusalén y los de toda Judea fueron entregados a sus enemigos, porque Dios los abandonó por sus muchos pecados, ya que se habían apartado de la ley. Así grupos enteros quedan abandonados y caen en la tentación. «Aún a los que creían tener se les quita» (Lc 8,18; Mt 13,12; 25,29; Mc 4,25; Lc 19,26). Como la higuera que fue «maldecida y arrancada de raíz» por no dar fruto cuando Jesús tenía hambre (Mc 11,20-21; Mt 21,18-19), así también ellos se secaron y perdieron la poca vida de fe que tenían.

Me pareció necesario hablar de estas cosas al tratar del lugar de la oración y recomendar que se prefiera hacer en las asambleas de los congregados con gran reverencia en la iglesia.

Creo que debo concluir este tratado de la oración tocando brevemente cuatro puntos de los que se ha hablado en distintos lugares de las santas Escrituras.

Todos deberían tenerlos en cuenta. Son estos: al comenzar debemos dirigir fervorosa adoración al Padre, por Jesucristo, y el Espíritu Santo, glorificados y alabados igualmente con el Padre. Sigue la acción de gracias por los beneficios que todo el mundo recibe, y en particular cada cual por los propios. En tercer lugar, creo que uno debe acusarse sin compasión ante Dios de los propios pecados pidiendo dos cosas: primera, que le libre del hábito de pecar, y segunda, que le perdone todos los pecados cometidos. Después de esta confesión, a mi parecer, ha de añadirse la petición de grandes y celestes mercedes, para uno mismo en particular y para todo el mundo, empezando por los familiares y amigos más queridos. La oración concluirá con una doxología o alabanza a Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo.

Como dije antes, he hallado estos puntos diseminados a lo largo de la Biblia.

Ante todo, la adoración y alabanza se pueden ver en estas palabras del salmo 104: « ¡Alma mía, bendice al Señor! ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, arropado de luz como de un manto. Tú, despliegas los cielos lo mismo que una tienda, levantas las aguas de tus altas moradas; haciendo de las nubes carro tuyo, sobre las alas del viento lo deslizas; tomas por mensajeros a los vientos, a las llamas del fuego por ministros. Sobre sus bases asentaste la tierra, inconmovible para siempre jamás. Del océano, cual vestido, la cubriste; sobre los montes persistían las aguas; al increparlas emprenden la huida, del trueno a la voz se precipitan» (Sal 104,1-7).

Casi todo este salmo es una alabanza a Dios Padre. Cada cual puede por si mismo hallar más ejemplos y comprobar con cuanta frecuencia se recurre al tema de la alabanza por todas las Escrituras.

Como ejemplo de acción de gracias cito lo que se refiere en el segundo libro de Samuel sobre David, cuando el profeta Natán le dio a conocer las promesas del Señor, lleno de admiración por tantos dones, exclamó David en acción de gracias: «Quien soy yo, Señor Dios mío, y que es mi casa para que tanto me ames? Yo era insignificante a tus ojos, Señor, y anuncias a la casa de tu siervo grandes cosas para el futuro... Eres grande, Señor, nadie como Tú, no hay nadie fuera de ti. Según tu corazón has realizado todas estas grandezas dándolas a conocer a tu siervo para que pueda glorificarte, Señor Dios mío” (2 Sam 7,18-22, versión LXX).

Ya veis, hermanos deseosos de cultivaros en la piedad, las conclusiones hasta donde mis alcances pueden llegar al tratar de oración que tanto me preocupa, concretamente la oración del evangelio según el texto de Mateo. Si os esforzáis por avanzar, «olvidando lo que dejáis atrás y lanzándoos a lo que está por delante”; si rezáis por mi y mis estudios, guardo la esperanza de que Dios me conceda poder añadir otro tratado sobre este tema, más extenso y con mayor profundidad y claridad. Por ahora, sin embargo, lean esto y perdonen.

Introducción por el CM Alfonso de Jesús Marín González, Extractos del texto escrito por Orígenes tomado del tratado denominado “Sobre la oración”, aparecido en el libro “Escritos Espirituales de Orígenes” dentro de la Colección de Clásicos de la Espiritualidad de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999.

Volver a página principal