ACERCA DE LA ESPIRITUALIDAD

Este es uno de los términos más usados en la literatura cristiana de todos los tiempos. Por eso ha tenido quizás acepciones y aun significados diferentes, porque han sido muchas y variadas las situaciones en que ha vivido el cristiano, diferentes y dispares los creyentes, múltiples y variadas también las experiencias de fe de quienes han intentado e intentan seguir a Jesús y acoger su evangelio.

De ahí que el término "espiritualidad" se haya utilizado en más de una ocasión, en el lenguaje oral y escrito, de manera un tanto equivoca e imprecisa.

Para algunos, por ejemplo, se deriva de espíritu -así, con minúscula-, y espíritu se entiende como lo contrapuesto al cuerpo o la materia. Es lo interior de cada cual, lo que no se ve, el mundo de las vivencias intimas, él yo profundo y oculto a los otros. Todo ello impregnado, en mayor o menor grado, de un sentimiento religioso.

Para otros -espiritualistas más que espirituales- es, más bien, el ámbito de lo privado y desligado, por ejemplo, de las preocupaciones sociales y problemas del mundo. Mi compromiso -dicen- es con Dios, de donde viene o vendrá mi salvación, con quien me comunico en la oración, a quien pido perdón si le he ofendido, y "a quien comulgo" con la frecuencia que puedo. Eso sí, tengo que rezar también por los pecadores, para que se conviertan y vuelvan al redil.

Hay quienes la reducen a ciertos modos de ser, decir o estar: modestia en la vista, palabras "religiosas" vengan o no a cuento, actitudes recatadas, resignación cristiana ante lo inevitable y lo evitable. Todo esto acompañado de momentos de oración, a poder ser en el templo, actos de mortificación y penitencia, cumplimiento inquebrantable de todas la practicas de rigor...

No estarían mal del todo estas prácticas, si no quedaran al margen los hermanos y las cosas de la vida, que es por donde camina el Espíritu.

La espiritualidad bien entendida -no porque lo diga yo, sino porque es el común decir de los entendidos y de la misma Iglesia- dimana del Espíritu. Con mayúscula. Y así podríamos decir que espiritualidad es "la vida cristiana animada por el Espíritu". El Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica Vita Consecrata nos dice:

"La vida espiritual, entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva fidelidad, en la que la persona consagrada (y también la persona del creyente) es guiada por el Espíritu y conformada por Él a Cristo, en total comunión de amor y de servicio a la Iglesia" (n. 93).

El Espíritu es la vida nueva que transcurre por los caminos de nuestra existencia, y que penetra y empapa todo nuestro ser de hombres creyentes en Jesús.

Él, el Espíritu, es fuerza y luz, fuego y brisa suave, "dulce huésped del alma", don espléndido, vida de nuestra vida, promesa y don al mismo tiempo, alma de la Iglesia, presencia amorosa de Dios en mi, en ti, en el hermano y en todos, para llenar sobradamente tantas ausencias que nos inventamos unos y otros.

Se hace presente y actúa en nosotros, a no ser que con nuestra indiferencia o desinterés, por nuestra actitud de pecado continuo, levantemos muros de contención o endurezcamos nuestro corazón para que nada extraño pueda penetrar en él. Y como el Espíritu, aunque sea Dios, nunca fuerza a nadie y suele pedir, además, permiso para entrar...

Esta vida nueva que nos trae Jesús, que nos regala por el don de su Espíritu, llega a nosotros abundantemente -"con derroche" dice san Pablo a los efesios- en todo tiempo y lugar; al hombre entero, cuerpo y alma, a todo su ser y hacer, porque para el Espíritu no hay tiempos de sequía ni terrenos vedados. La sequía la ponemos nosotros, y las señales de no pasar, también.

"He venido -dice Jesús- para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).

¿Por qué será entonces, que hay tantos cadáveres por aquí y por allá, o espíritus enfermizos y enclenques -no importa su salud física a toda prueba- y vidas apagadas con criterios tan rastreros?

¿Por qué será que hay tantos que viven o intentan vivir el evangelio de Jesús a fondo y con gozo, y son testigos de su amor allí donde están, y trabajan con coherencia y sin miedos, en verdad y con entera libertad, y se saben hijos de Dios, y están comprometidos en la construcción del reino?

Esta vida nueva, acogida y vivida -valga la redundancia- por nosotros y compartida con los hermanos, constituye la verdadera espiritualidad. La autentica y genuina. ¿Por qué? Pues porque:

"Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8, 14).

El hijo es tal en cuanto ha recibido una vida de sus padres, y la mantiene guiado y animado por el amor; en nuestro caso, por el amor de Dios personificado en su Espíritu.

"Y si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne" (Gal 5, 16).

"Y vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu..., y el Espíritu es vida" (Rm 8, 9s.).

Espiritualidad cristiana es, por tanto, vivir el evangelio de Jesús según el Espíritu y guiados por Él. Y esto es válido para los creyentes de África, Latinoamérica o Europa; para los creyentes del siglo I, de la Edad Media o del siglo XXI; para el joven de una parroquia pujante, o para la anciana del sector antiguo de la ciudad. Para ti, quienquiera que seas, y para mí.

Pero ocurre que cada época esta marcada por unas coordenadas propias, y cada país o región geográfica es culturalmente diferente. Luego también tiene que ser diferente y plural la forma de vivir el evangelio de Jesús.

De ahí que se pueda hablar de una espiritualidad cristiana pluriforme según las épocas, hombres y lugares; una espiritualidad con variedad de tendencias. Todas igualmente válidas, si se atienen a la totalidad del evangelio, y si son propuesta -nunca imposición-, oferta de vida y camino para todos, y no coto cerrado para algunos privilegiados.

Dicho con otras palabras: esta vida en el Espíritu toma forma o se hace camino en cada hombre y mujer, en cada época y lugar, en un proyecto de vida personal, o en una comunidad de creyentes en la que converge la fe de muchos.

Será así una espiritualidad con matices diversos, con abundancia de carismas, con profusión y riqueza de experiencias de fe personales y comunitarias, con multiplicidad de servicios. Si una es la vida en el Espíritu, muchos y variados pueden ser -tienen que ser- los estilos de vivir el evangelio de Jesús, muchas y variadas pueden ser las "espiritualidades" consiguientes.

Se entiende bien y pareciera innecesaria otra explicación, sin embargo, permítaseme un ejemplo muy sencillo: Toda vivienda familiar es fundamentalmente la misma; dispone de cuatro paredes, techo y suelo, de varias habitaciones, cocina, sala y algún servicio. Pero, de hecho, se da una profusión muy rica y variada de estilos arquitectónicos y de formas. Porque así lo piden las condiciones climatológicas del lugar, el gusto del arquitecto, los caprichos de sus moradores, la época en que se construye, el entorno medioambiental... Pero tan casa es una como otra, aunque no sean necesariamente iguales. Todas cumplen la misma función, aun cuando sean diferentes.

La diversidad no es empobrecimiento. Todo lo contrario: la variedad de colores, matices, rasgos y estilos hace que un cuadro pueda ser una verdadera obra de arte, o que la naturaleza sea siempre bella.

Lo dice la misma Palabra:

"A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1 Co 12, 7).

"Todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad" (1 Co 12, 11).

Concluyendo:

Ø  Espiritualidad es vida cristiana animada por el Espíritu.

Ø  La vida cristiana es una sola, pero pueden ser muchas o variadas las formas o estilos de vivir el único evangelio de Jesús. ¿Cuál es el tuyo?

Ø  Jesús vino para que tuviéramos vida y vida en abundancia. ¿Por qué será, entonces, que la vida de muchos es enclenque y enfermiza?

Ø  La espiritualidad cristiana no es ensimismamiento, evasión, ni mucho menos indiferencia ante las realidades de este mundo. Todo lo contrario: es fermento, es luz, es dinamismo.

Ø  El Espíritu Santo "unge" al bautizado, le imprime su sello indeleble y lo constituye en templo espiritual; es decir, lo llena de la santa presencia de Dios gracias a la unión y conformación con Cristo.

Adaptación del CM Alfonso de Jesús Marín González, del libro “Búsqueda y Encuentro” de Teodoro Baztán, Orden Agustinos Recoletos de la Colección de Cuadernos de Recolección, Número 10, México 2003.

Volver a página principal