San
Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús, a los jesuitas, y tuvo una
experiencia muy especial de Dios.
Nació
en 1491, un año antes del descubrimiento de América en Loyola, España, y vivió
una vida como muchos jóvenes de hoy: Buscando el prestigio personal, el poder,
el dinero, mujeres hermosas y de clase alta.
Por
lealtad a un gobernante que lo había apoyado mucho fue herido en una batalla en
la ciudad de Pamplona España. Le rompieron la rodilla y tuvo que estar
completamente inmovilizado en cama por varios meses.
En
esta convalecencia tuvo una crisis personal fuerte y un encuentro con Dios.
Ignacio no lo conocía mucho y tenía las prácticas de la religiosidad popular
de su época.
Al
vivir muchos días en el silencio y la soledad, empezó a reflexionar sobre su
vida y cayó en la cuenta de que solamente había vivido para sí mismo sin
pensar en los demás. Se reconoció egoísta y pecador pero experimentó que
Dios lo amaba aun siendo así. Esta experiencia le quedó muy grabada en el
corazón, pues estuvo al borde de la muerte, y pensaba que podría ir al
infierno. Pero Dios le dio unos ojos nuevos para verse a sí mismo y a su vida.
A
partir de esta experiencia inicia un cambio de vida y empieza a buscar la manera
de agradecerle a Dios tanto amor recibido. A tientas va escogiendo caminos
concretos. Fue a Tierra Santa para conocer los lugares donde había vivido
Jesucristo su salvador. Quiso quedarse ahí para predicar a los musulmanes el
evangelio pero no lo dejaron. Desde su convalecencia va descubriendo que Dios le
habla no sólo a través de sus pensamientos e ideas sino también por los
sentimientos y las emociones que sentía. Fue desarrollando la capacidad de
conocer sus sentimientos y por eso se hizo un maestro de ello. El método de
conocer lo que Dios le pedía a través de los sentimientos se llama
discernimiento espiritual.
Ahora,
en atención a que la mayoría de los destinatarios de este artículo, conocen
ya la historia de san Ignacio, se omite el resto, pero sería muy recomendable
leer la autobiografía que el mismo santo escribió.
San
Ignacio fue conociendo a Dios poco a poco y a través
de experiencias que le sucedieron y enfrentó.
Dios
era alguien lejano que estaba en los cielos, que se presentaba en las iglesias y
a quien había que tenerle mucho respeto. Dios no era, en la práctica, alguien
importante para su vida. Era alguien distante y un poco de adorno.
Dios
se hace presente en la enfermedad de Ignacio aunque éste no lo había invitado.
Es Dios quien toma la iniciativa para hacerse presente en esos momentos. Y lo
hace a pesar de Ignacio, pues éste quería leer libros de caballería para
divertirse y solo encontró una Vida de los Santos y la Imitación de Cristo.
Con desgano se puso a leer esos libros y ahí comenzó a experimentar cosas en
su interior. Inició su conocimiento de Jesús de Nazaret.
Una
noche en que estaba en agonía y a punto de morir Dios lo libró de la muerte.
Después
de experimentar este regalo de Dios, Ignacio se pone a revisar su conducta y
descubre que no ha vivido bajo el impulso del amor sino del egoísmo. Dios le
regala nuevos ojos para reconocerse pecador y sin embargo amado. Ignacio, aunque
pensaba que le tocaba recibir el castigo, en cambio es invitado a trabajar al
lado de Jesús. Descubrió que Dios estaba presente en su afectividad, en su
interioridad, en sus estados de ánimo. Que ahí le hablaba y descubría su
voluntad.
Al
leer el evangelio, Ignacio se va fascinando con la persona de Jesús y su corazón
siente deseos de imitarlo en su labor por los hombres y las mujeres. Descubre a
un Dios-Jesús pobre y humilde, sin tronos, ni joyas, ni privilegios, ni
vestiduras finas, sin donde reclinar su cabeza. Y esto le hace mucho impacto,
pues él había conocido a virreyes y al rey de España con toda su corte lujosa
y ostentosa. Le parece increíble que el mismísimo Dios no eligió la riqueza
sino la pobreza. Por estar más cercano a ese Jesús, Ignacio también deja sus
bienes y vive de la caridad.
Ignacio
descubrió que Jesús estaba actuando en el mundo y en la historia para dar
salvación y una nueva sociedad. Que fomentaba deseos de paz y de justicia en
muchas personas, movía los corazones a compartir los bienes para que a nadie le
hiciera falta nada. Y así en muchos signos descubrió a un Dios metido en los
conflictos del mundo. Por eso Ignacio, aunque le gustaba la vida monacal, no
decidió entrar a un convento, sino que entendió que Dios lo invitaba a meterse
en el mundo y ahí descubrir a Dios actuando. Entendió que había que encontrar
a Dios no antes ni después de su trabajo sino en el trabajo. Por eso se dice
que Ignacio es contemplativo en la acción.
Esto
lo dice también el P. Kolvenbach (Superior General de los jesuitas en el mundo)
cuando dice:
“El
Cristo de la espiritualidad ignaciana es un Cristo en acción, el Cristo que
predicaba en sinagogas, villas y castillos (EE N° 91). Este es el Cristo que
nos envía al torbellino
del mundo y nos manda buscar a Dios en nuestro trabajo por el bien de las
personas. Así aprendemos que, junto a la mística contemplativa, hay además
una mística de acción. Esta espiritualidad contiene un mensaje para cuantos se
sienten tentados a huir de la dura realidad”
Este
Jesús se vuelve lo absoluto en la vida de Ignacio y dedica todas sus fuerzas a
colaborar con Él para la salvación de las personas.
Otro
rasgo que impactó a Ignacio fue que Jesús, siendo Dios se anonadó (se hizo
nada, se rebajó) y dejó sus privilegios cuando se hizo hombre.
En
un primer momento Cristo ha desilusionado a Ignacio. De aquel que tiene todo
poder en el cielo y en la tierra, Ignacio, muy sensible a todo lo que es
grandeza y honor, habría esperado una empresa evangelizadora de gran éxito por
el bien del mismo Dios. Por el contrario, encuentra en el Hijo de Dios el hombre
por quien viene el escándalo. También Ignacio sueña lo extraordinario y lo
espectacular, sin duda únicamente para la mayor gloria de Dios. Pero éste no
es el camino que Cristo ha escogido. Anunciará el advenimiento del Reino en la
pobreza, en la humillación y en la cruz.
En
este sentido, el P. Kolvenbach nos comenta:
“Por
el contrario, el Hijo del hombre ha escogido real y libremente el último
puesto, caminando en sentido contrario al impulso que nos arrastra a todos a
subir cada vez mas, alejándonos de los marginados y rechazados, de los
extranjeros y de los pobres de toda clase. La cruz es el resultado de esa elección.”
También
Ignacio tuvo la experiencia de un Dios comunidad: La Santísima Trinidad. En los
Ejercicios Espirituales invita a realizar una bellísima contemplación sobre la
Encarnación. Ahí presenta a la Trinidad que contempla al mundo y ve como hay
hombres y mujeres que nacen, que mueren, que están tristes, unos negros otros
blancos, unos amando otros pecando, etc. Y al ver tanto dolor y sufrimiento en
el mundo deciden enviar a uno de ellos para hacer la salvación. (EE N°
101-109). Es un Dios-comunidad, trino, que actúa a favor de la humanidad para
dar vida. No se queda contemplando el mal sino que lo combate.
En resumen, a Ignacio se le regala una profunda experiencia de un Dios enamorado de la humanidad y actúa permanentemente en el mundo luchando contra el mal y la injusticia. Ignacio conoció a Dios que sabe que somos pecadores, pero que no nos rechaza sino que amándonos nos convierte en seguidores suyos. De ahí la importancia de dejarse amar incondicionalmente por Dios para disponernos a responder con un amor generoso.
Tomada
del artículo del R. P. Luis Valdez Castellanos, S. J. Licenciado en
Teología y Director del Centro Ignaciano de Espiritualidad, aparecido en
la revista “Mirada”, órgano de difusión del citado Centro, en el
ejemplar correspondiente a Septiembre-Noviembre del 2002.