REFLEXIÓN SOBRE ALGUNOS TEMAS MARIOLÓGICOS

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En una Sesión del Sínodo de los Obispos celebrada en 1985 y la Carta Encíclica Redemptoris Mater de 1987, de S.S. Juan Pablo II, coincidieron en la necesidad de "promover una nueva y profunda lectura de cuanto el Concilio Vaticano II, había dicho sobre la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia".

Derivado de esta requerimiento del Magisterio, la Congregación para la Educación Católica, formuló el documento MARÍA EN LA FORMACIÓN INTELECTUAL Y ESPIRITUAL, en el que se contemplan algunas reflexiones sobre la Santísima Virgen, y se resalta que el empeño de conocimiento, búsqueda, y piedad en relación con María de Nazaret, deben constituir una tarea ininterrumpida,: toda vez que el valor ejemplar de la Virgen y su misión tienen una presencia permanente en nuestras vidas. .Aprovechando que la introducción de dicho documento, constituye una interesante fuente de información sobre nuestra Santísima Madre, se ha considerado de interés incluirlo para su reflexión  .

La Madre del Señor es parte integrante de la Revelación divina y constituye una presencia siempre operante en la vida de la Iglesia.

La historia del dogma y de la teología atestiguan la fe y la atención incesante de la Iglesia hacia la Virgen María y su misión en la historia de la salvación.

Los primeros símbolos de la fe y las fórmulas dogmáticas de los Concilios de Constantinopla (381), de Efeso (431) y de Calcedonia (451) atestiguan la progresiva reflexión sobre el misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y paralelamente el progresivo descubrimiento del papel de María en el misterio de la Encarnación, descubrimiento que llevó a la definición dogmática de su maternidad divina y virginal. La atención de la Iglesia hacia María continuó durante los siglos subsecuentes.

Cabe recordar la actividad desarrollada por algunos "movimientos", que, suscitando en formas variadas y desde diversos puntos de vista un amplio interés hacia la figura de la Santísima Virgen, tuvieron un considerable influjo en la redacción de la Constitución Lumen gentium:

Ø  el movimiento bíblico, que ha subrayado la importancia de la Sagrada Escritura para la presentación del papel de la Madre del Señor, acorde con la Palabra revelada;

Ø  el movimiento patrístico, que poniendo a la mariología en contacto con el pensamiento de los Padres de la Iglesia, ha permitido profundizar sus raíces en la Tradición;

Ø  el movimiento eclesiológico, que ha contribuido abundantemente a reconsiderar y profundizar la relación entre María y la Iglesia; el movimiento misional, que ha descubierto progresivamente el valor de María de Nazaret, la primera evangelizada (cf. Lc 1, 26-38) y la primera evangelizadora (cf. Lc 1, 39-45), como fuente de inspiración para su empeño en la difusión de la Buena Nueva;

Ø  el movimiento litúrgico, que realizando una comparación fecunda y seria entre las varias liturgias, ha documentado que los ritos de la Iglesia atestiguan una veneración cordial hacia la "gloriosa y siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo";

Ø  el movimiento ecuménico, que ha exigido un esfuerzo por comprender con exactitud la figura de la Virgen en el campo de las fuentes de la Revelación y por precisar la base teológica de la piedad mariana.

La importancia del capítulo VIII de la Lumen gentium radica en el valor de su síntesis doctrinal y en el planteamiento del trato doctrinal sobre la Santísima Virgen, encuadrado dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia. De esta forma el Concilio Vaticano II:

Ø  Enlazó con la tradición patrística, que destaca la historia de la salvación como el tejido propio-de todo tratado teológico;

Ø  Puso en evidencia que la Madre del Señor no es una figura marginal en el conjunto de la fe y en el panorama de la teología, ya que Ella, por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en parte las supremas verdades de la fe;

Ø  Ordenó en una visión unitaria, posiciones diferentes sobre la Mariología.

Según la doctrina del Concilio, la misma relación de María con Dios Padre se determina en razón de Cristo. Efectivamente Dios, "cuando se cumplió el plazo, envió a su Hijo, nacido de mujer... para que recibiéramos la condición de hijos" (Gal 4, 4-5). Por eso María, que por condición era la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38. 48), habiendo acogido "al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo" y dado "la Vida al mundo", se convirtió por gracia en "Madre de Dios". En razón de esta misión singular, Dios Padre la preservó del pecado original, la colmó de la abundancia de los dones celestiales y, en su sabio designio, "quiso que la aceptación de la Madre predestinada, precediera a la Encarnación".

El Concilio, ilustrando la participación de María en la historia de la salvación, expone las múltiples relaciones que se dan entre la Virgen y Cristo:

Ø  El «fruto más espléndido de la redención», habiendo sido «redimida de un modo tan sublime en vista de los méritos de su Hijo»; por eso los Padres de la Iglesia, la liturgia y el magisterio han llamado a la Virgen "hija de su Hijo", en el orden de la gracia;

Ø  De Madre que, acogiendo con fe el anuncio del Ángel, concibió en su seno virginal, por la acción del Espíritu y sin intervención de varón, al Hijo de Dios, según la naturaleza humana; lo dio a luz, lo alimentó, lo guardó y lo educó;

Ø  De esclava fiel, que  "se consagró totalmente a sí misma (...) a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al ministerio de la redención sometida a Él y con Él";

Ø  De compañera del Redentor: concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la Cruz, Ella cooperó en un modo del todo especial a la obra del Salvador, con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad;

Ø  De discípula que, durante la predicación de Cristo, "acogió las palabras, con las que su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y la sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28), como Ella hacía fielmente (cf. Lc 2,19 y 51).

Bajo el enfoque de la Cristología, hay que leer también las relaciones entre el Espíritu Santo y María: Ella, "plasmada y hecha una nueva criatura" por el Espíritu y convertida de un modo particular en su templo, por la fuerza del mismo Espíritu (cf. Lc 1, 35), concibió en su seno virginal a Jesucristo y lo dio al mundo. En la escena de la Visitación vuelven a manifestarse, por medio de Ella, los dones del Mesías Salvador: la efusión del Espíritu sobre Isabel, la alegría del futuro Precursor (cf. Lc 1, 41).

Llena de fe en la promesa del Hijo (Lc 24, 49), la Virgen constituye una presencia orante en la comunidad de los discípulos: perseverando con ellos en la unión y en la oración, que implora «con sus oraciones el don del Espíritu, que la había cubierto ya en la Anunciación» .

En razón de Cristo, y por tanto también en razón de la Iglesia, desde toda la eternidad Dios quiso y predestinó a la Virgen. En efecto, María de Nazaret:

Ø  Es "reconocida como miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia, por los dones de gracia con que está adornada y por el lugar que ocupa en el Cuerpo místico;

Ø  Es Madre de la Iglesia, ya que Ella es "Madre de Aquel, que desde el primer instante de la Encarnación en su seno virginal, unió consigo como Cabeza su Cuerpo místico que es la Iglesia" por su condición de Virgen, Esposa y Madre,

Ø  Es figura de la Iglesia, que es, también ella, Virgen por la integridad de su fe, Esposa por su unión con Cristo, Madre por la generación de innumerables hijos;

Ø  Por sus virtudes es modelo de la Iglesia, que se inspira en Ella en el ejercicio de la fe, de la esperanza, de la caridad y en la actividad apostólica;

Ø  Con su múltiple intercesión, sigue alcanzando para la Iglesia los dones de la salvación eterna. En su caridad maternal cuida de los hermanos de su Hijo todavía peregrinos. Por esto la Santísima Virgen es invocada por la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora;

Ø  Asunta en cuerpo y alma al cielo, es la "imagen" escatológica y la "primicia" de la Iglesia, que en Ella "contempla con alegría (...) lo que Ella misma, toda entera, espera y ansía ser", y en Ella encuentra un "signo de segura esperanza y consolación"

En los años siguientes al Concilio, la actividad desarrollada por la Santa Sede, por muchas Conferencias Episcopales y por insignes estudiosos, que comentaron la doctrina del Concilio y respondieron a los problemas conforme fueron surgiendo, actualizó y fortaleció la reflexión sobre la Madre del Señor.

Han contribuido particularmente a la Mariología, la Exhortación apostólica “Maríalis cultus” de S.S. Paulo VI y la Encíclica “Redemptoris Mater” de Juan Pablo II.

Sin pretender hacer una reseña detallada de los varios sectores de la reflexión postconciliar sobre María, parece útil presentar a título de ejemplo y como estímulo para posteriores reflexiones algunos de ellos:

La exégesis bíblica ha abierto nuevas fronteras a la mariología, dedicando cada vez más espacio a la literatura intertestamentaria. No pocos textos del Antiguo Testamento y, sobre todo, las paginas neotestamentarias de Lucas y de Mateo sobre la infancia de Jesús y las frases de Juan han sido objeto de un estudio continuo y profundo que, por los resultados conseguidos, han reforzado la base escriturística de la mariología y la han enriquecido considerablemente desde el punto de vista propio.

En el campo de la teología dogmática, la mariología ha contribuido, en la discusión postconciliar, a una explicación más idónea de los dogmas; puesta en causa de las discusiones sobre el pecado original (dogma de la Inmaculada Concepción), sobre la encarnación del Verbo (dogma de la Concepción virginal de Cristo, dogma de la maternidad divina), sobre la gracia y la libertad (doctrina e la cooperación de María a la obra de la salvación), sobre el destino último del hombre (dogma de la Asunción), la mariología ha tenido que estudiar críticamente las circunstancias históricas en las que fueron definidos aquellos dogmas, el lenguaje con que se formularon, comprenderlos a la luz de las adquisiciones de la exégesis bíblica, de un conocimiento más riguroso de la Tradición, de los interrogantes de las ciencias humanas y rechazar, en fin, las respuestas infundadas.

La atención de la mariología a los problemas relacionados con el culto de la Santísima Virgen ha sido muy viva: se ha manifestado en la investigación sobre sus raíces históricas (Seis Congresos Mariológicos Internacionales, estudiaron sistemáticamente las manifestaciones de la piedad mariana desde sus orígenes hasta el siglo XX), en el estudio de las motivaciones doctrinales y del cuidado por su inserción orgánica en el "único culto cristiano" (Paulo VI, “Marialis cultus”, 1974), en la valoración de sus expresiones litúrgicas y de las múltiples manifestaciones de la piedad popular, así como en el examen de sus mutuas relaciones.

También en el campo ecuménico la mariología ha sido objeto de particular consideración. En relación con las Iglesias del Oriente cristiano, Juan Pablo II ha subrayado "cuán profundamente unida por el amor y por la alabanza a la Theotokos se sienten la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa y las antiguas Iglesias Orientales (Redemptoris Mater, 31); por su parte Dimitrios I, Patriarca Ecuménico, ha puesto de relieve cómo ambas Iglesias han mantenido inextinguible, a través de los siglos, la llama de la devoción a la venerabilísima persona de la Todasanta Madre de Dios y ha deseado que "el tema de la mariología ocupe un puesto central en el diálogo teológico entre nuestras Iglesias (...) para el restablecimiento pleno de la comunión eclesial"

En cuanto a las Iglesias de la Reforma, la época postconciliar se ha caracterizado por el diálogo y el esfuerzo por una comprensión recíproca. Esto ha permitido la superación de desconfianzas, un mejor conocimiento de las respectivas posiciones doctrinales, y la actuación de iniciativas comunes de investigación. Así, al menos algunos casos, se han podido comprender, los peligros encerrados en el "obscurecimiento" de la figura de María en la vida eclesial y, la necesidad de atenerse a los datos de la Revelación.

En estos años, en cuanto a las conversaciones interreligiosas, la atención de la mariología se ha dirigido al judaísmo, del que proviene la "Hija de Sión". Igualmente se ha dirigido al islamismo, en el que María es venerada como Santa Madre de Cristo.

La mariología postconciliar ha dedicado una constante atención a la antropología. Los Sumos Pontífices han presentado a María de Nazaret como la suprema expresión de la libertad humana en la cooperación del hombre con Dios, que «en el sublime acontecimiento de la Encarnación del Hijo, se ha confiado al misterio, libre y activo, de una mujer».

Por la convergencia entre los datos de la fe y los datos de las ciencias antropológicas, cuando éstas han dirigido su atención a María de Nazaret, se ha comprendido más claramente que la Virgen es, al mismo tiempo, la más alta realización histórica del Evangelio, y la mujer que, por el dominio de sí misma, por el sentido de responsabilidad, la apertura a los otros y el espíritu de servicio, por la fortaleza y por el amor, se ha realizado, de un modo más completo, en el plano humano.

Se ha hecho notar, por ejemplo, la necesidad:

Ø  De "acercar" la figura de la Virgen a los hombres de nuestro tiempo, poniendo de relieve su "imagen histórica" de humilde mujer hebrea;

Ø  De mostrar los valores humanos de María, permanentes y universales, de forma que el estudio de Ella ilumine el estudio sobre el hombre.

En la mariología postconciliar se han tratado también temas nuevos o se han visto desde un nuevo ángulo: la relación entre el Espíritu Santo y María; el problema de la inculturación de la doctrina sobre  la Virgen y las expresiones de piedad mariana; el valor de la vía para adelantar en el conocimiento de María y la capacidad de la Virgen de suscitar las más altas expresiones en el campo de la literatura y del arte; el descubrimiento del significado de María en relación con algunas urgencias pastorales de nuestro tiempo (la cultura de la vida, el compromiso por los pobres, el anuncio de la Palabra...); la revaloración de la "dimensión mariana de la vida de los discípulos de Cristo".

Introducción por el CM Alfonso de Jesús Marín González, Extractos del documento “María en la formación intelectual y espiritual”, elaborado por Congregación para la Educación Católica”, Roma 1988