Fundamento
y guarda de todas las virtudes llaman los Santos a la humildad, porque sin ella
no hay en el alma ninguna virtud; aunque todas las posea, todas faltarán al
punto que la humildad se ausente y le falte.
Tanto
es lo que Dios estima la humildad, que dondequiera que la ve, al instante se
complace en ella. Antes de la venida del Hijo de Dios al mundo, no se conocía
tan hermosa y necesaria virtud; pero habiendo venido a enseñarla con su
ejemplo, quiso que en ella mayormente le imitásemos, diciéndonos que de Él
aprendiéramos a ser mansos y humildes de corazón.
Conforme
a esto, habiendo sido María en todas las virtudes la mejor discípula de
Jesucristo, lo fue por consiguiente en la humildad, y así mereció ser mas
ensalzada que ninguna de las criaturas. Aún desde niña fue la humildad la
primera y principal virtud.
Especificando
ahora los diversos actos de tan preciosa virtud, María tuvo siempre de sí
misma tan bajo concepto, que a nada se prefirió jamás. Dicen los interpretes
que se entiende la humildad y baja estima que tuvo de sí misma la honestísima
Virgen, porque la humildad da a entender que había recibido de la mano divina más
gracias y favores que las demás criaturas, siendo muy cierto que el corazón
humilde conoce, para humillarse, los favores especiales que Dios le dispensa,
viendo con la abundancia de soberana luz que tanto ilustraba su entendimiento la
infinita grandeza y bondad de Dios.
Así
María, cuando más rica se consideraba, más humilde era viendo que todo venía
graciosamente de la mano del Señor. No hubo, pues, creatura más ensalzada,
porque nunca la hubo más humilde.
Otro
de los actos de esta virtud es tener ocultos los dones celestiales, y así vemos
que María quiso ocultar a su santo esposo el misterio de su divina maternidad,
aunque parecía necesario que se lo descubriese, a lo menos, para librarle de
entrar en sospechas contra su honestidad cuando la viese encinta: cosa que
realmente puso en gran confusión al Santo Patriarca, no pudiendo, por
una parte, dudar de lo que sus mismos ojos veían, ni acertando, por otra, dar
ninguna culpa a doncella tan querida y tan pura; tanto que si por orden de Dios
no le hubiese revelado un ángel aquel soberano misterio, determinado estaba ya
a dejarla secretamente.
Otro
de los actos del verdadero humilde, es no querer las alabanzas que se le dan,
sino referirlas todas a Dios como hizo María cuando a los elogios que le daba
el Arcángel Gabriel quedó tan turbada, y cuando su prima Santa Isabel la
ensalzó tanto, llamándola bendita entre todas las mujeres, bienaventurada en
haber dado crédito a las palabras del Señor, y admirándose grandemente de
que, siendo ya Madre del mismo Dios, hubiese venido en persona a visitarla. 
De
todas estas cosas atribuyó todo el honor al Altísimo, respondiendo con aquel cántico
divino del
Magnificat,
como si claramente hubiera
dicho: "Isabel, tú me alabas a mí, pero yo alabo al Señor, a quien
solamente se debe la alabanza y gloria; tu te admira que venga yo a ti, y yo
admiro la divina bondad, en quien solo se regocija mi espíritu; tu me ensalzas
por haber creído, y yo ensalzo al Señor por haber mirado mi bajeza, levantándome
de la nada "¡Oh, humildad verdadera, humildad dichosísima! Esta fue la
que nos trajo a Dios, nos libro de la muerte eterna y nos abrió los cielos.
Propio
es también de los humildes ofrecerse a cualquier obsequio y servicio, por lo
cual visitó y sirvió María a su prima Isabel tres meses con gran amor y gozo.
Busca
también el último lugar, como cuando la misma Virgen, en el Cenáculo escogió
también el último puesto, y en el último la pone San Lucas, no porque dejase
de conocer el Evangelista el mérito de la Madre para nombrarla primero que a
los demás, sino porque habiéndola puesto la última de todos, los nombra
seguramente en el orden con que allí estaban.
Además,
los humildes quieren ser despreciados, y por esto no leemos que acompañase al
Salvador el día en que entró en Jerusalén con palmas y olivos, pero sí en el
monte Calvario, donde, como Madre de quien moría en una cruz como si fuera un
criminal, había de ser por consecuencia también infamada y menospreciada.
No
hay quizá virtud más difícil a nuestra naturaleza mal inclinada, pero
reconozcámoslo, no hay remedio; mientras no seamos humildes, no llegaremos a
ser verdaderos hijos de María e imitadores-seguidores de Jesús.
Dice
San Bernardo: "Si no puedes imitar su virginidad, imita su humildad. Ella
desecha a los soberbios y llama a los humildes". Con el manto de su
humildad, quiere que nos cubramos y abriguemos, y a los que ve cobijados con él,
los estima sobremanera.
Invoquemos la intercesión de Nuestra Señora; para obtener este don, ya que podemos estar ciertos de que sin la humildad, nunca lograremos la dicha de ser verdaderos hijos suyos.
Pidámosle que cuando ofendamos a Dios, y lleguemos a volvernos soberbios, nos ayude a enmendarnos, alcanzándonos la virtud de la santa humildad, con la que mereceremos la fortuna de ser contados nuevamente en el número de sus hijos.
Adaptación
del C. M. Alfonso de Jesús Marín González, basado en el libro “Las
Glorias de María”, de san Alfonso María de Ligorio, de la Ediciones
San Pablo, México, Vigésima Quinta Edición 2000.