En
las letanías con que los fieles católicos invocamos a María, anteponemos a
sus prerrogativas su santidad, diciendo: Santa
María, Santa Madre de Dios, Santa Virgen de las Vírgenes.
María
es santa porque cumplió perfectísimamente la voluntad de Dios en todas las
cosas.
Santa,
porque después de su Hijo, nadie tuvo ni tanta caridad, ni tanta humildad, ni
tanta paciencia, ni virtud en tanto grado como Ella.
Santa
en su concepción, en su vida y en su muerte. Santa en Belén, en Egipto, en
Nazareth, en el Calvario.
Santa
María:
·
Alcánzanos
de tu Hijo luz celestial para que apreciemos la santidad sobre todos los bienes
de la tierra.
·
Para
que conozcamos que vale más un grado de gracia que todos los bienes del
Universo juntos.
·
Para
que no desperdiciemos ocasión de aumentar nuestras virtudes y entendamos la
gloria que corresponde en el cielo por toda una eternidad a una obra virtuosa.
·
Para
que sintamos internamente que no hemos venido a la tierra sino a ser santos; no
a ser ricos, ni a recibir honores, ni divertidos, ni a pasar una vida alegre, cómoda,
ni más o menos libre de faltas, sino a ser castos, humildes, mortificados,
mansos, obedientes a la ley de Dios.
Esa es nuestra obligación, nuestra dicha, nuestra gloria y nuestra necesidad.
Madre
de Dios, no de un serafín o un querubín, sino del Señor y Dios de todas las
cosas y jerarquías celestiales.
No
Madre de un poderoso y rico, señor de grandes tesoros y posesiones, sino Madre
del dueño de la tierra y del mar, de los aires y los abismos, de las estrellas
y las nubes, de las aves y de los campos, de todo lo creado.
Madre
del que conserva en su ser todas las cosas: las que perecen, como los cuerpos, y
las que son inmortales, como las almas.
Madre
de Dios es ser, después de Dios, la dignidad más elevada, la santidad más
excelsa, la bondad y la misericordia y el poder más poderosos.
Madre
purísima, sin pecado original, Madre castísima, Madre amable, Madre admirable,
Madre de Cristo, Madre del Creador, Madre del Salvador, Madre del Amor Hermoso,
Madre de la Divina Gracia.
Madre
que intercede por nosotros para que alcancemos la vida de la gracia, que nos
comunicó dándonos a su Hijo en la Redención.
Es
nuestra Madre, porque lo es de Cristo, cabeza del Cuerpo místico, del cual
somos nosotros miembros.
Es
nuestra Madre porque al pie de la Cruz nos adoptó por hijos, cuando Cristo le
dijo: «He
ahí a tu hijo»
Y
por eso estamos recíprocamente obligados: Ella a
amarnos, a defendernos, a enseñarnos; nosotros, a amarla, invocarla,
reverenciarla, obsequiarla.
A
quien Ella ampare, no se perderá. A quien Ella
ilustre, no andará a ciegas. Y a quien ame a María, conocerá a Jesús, con lo
que, conservará la gracia, y entrará en la gloria, porque Ella es la puerta
del cielo.
María,
Madre de gracia. Madre de misericordia, defiéndenos del enemigo y recíbenos en
la hora de la muerte.
Muéstranos
que eres Madre; y reciba por ti nuestras preces, el que nacido por nosotros,
escogió ser Hijo tuyo.
Narración
desarrollada por el CM Alfonso de Jesús Marín González, basado en el
libro “Ignacianas. Meditaciones según los métodos diversos de San Ignacio
de Loyola” de Ángel Ayala,,S. J. de Ediciones STVDIVM,
Madrid 1965.