El
Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los
pecadores (cf. Lc 15).
El
Ángel anuncia a José: «Tú
le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados»
(Mt 1,21).
Y
en la institución de la Eucaristía, Sacramento de la redención, Jesús
dice: «Esta
es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de
los pecados» (Mt 26,28).
Con
estas palabras de redención y esperanza comienza el tratamiento que el Catecismo
de la Iglesia Católica dedica
al tema del pecado (n.1846).
San
Agustín al comienzo de su producción literaria nos dice: «Todos los pecados
se reducen a una sola realidad, que alguien se aparta de las cosas divinas y
verdaderamente estables y se vuelve a las que son mudables e inciertas».
No
es fácil
hablar
del pecado en el seno de una cultura secular, marcada por un ateísmo teórico - práctico
y una reiterada proclamación de la autonomía humana. Hoy en día,
se discute frecuentemente sobre la pérdida del sentido de pecado.
Cuando se trata del pecado «ajeno» del que nosotros somos victimas, es fácil percibirlo como una injusticia, como la violación de un derecho, una amenaza a la convivencia, una falta de respeto a la dignidad de las personas.
Sin embargo, cuando se trata del pecado «propio», una elemental coherencia habría de llevar a una idéntica consideración, aunque siempre aceche la tendencia a buscar explicaciones autojustificadoras.
Pero, aún cuando no se
perciba a los eventuales damnificados, y el pecado parezca reducido a los
limites de una acción intransitiva, no deja de sentirse la desazón de la
desarmonía, algo así como la
nostalgia de una limpieza perdida, de un paraíso abandonado.
Esa
sensación es pre-religiosa y, en muchos casos, pre-moral. Es más, a veces la
misma experiencia de la falta
puede
constituir una coartada para no hablar del pecado.
Se
dice que se falta a una regla o a una convención social, pero no al proyecto
amoroso de Dios. Con lo cual, el sentimiento de culpa y de falta puede reflejar
una sutil forma de orgullo, nada fácil de confesar.
Quizá
nunca como ahora el hombre ha emitido continuos juicios morales sobre la bondad
y, sobre todo, la maldad de las acciones humanas. Ante la noticia de una masacre
indiscriminada, no solamente se condena en ella el «crimen»
o el delito cometido contra las normas internacionales, sino que se condena la
«maldad» misma de la acción. Este juicio se encuentra tanto en los medios de
comunicación como en la boca del hombre de la calle.
Lo mismo ocurre ante la
eventualidad de una pena de muerte o ante la tortura. Y algo semejante sucede,
en simetría, cuando se juzga, siquiera sea para minimizarla, la moralidad de la
que se ha dado en llamar vida privada.
A
pesar de su evolución cultural, el hombre contemporáneo se parece con
frecuencia al primitivo. Como él,
percibe
a veces el pecado como algo inseparablemente adherido a las cosas que toca, a
los lugares en los que vive, a los objetos con los que se adorna. Las antiguas
formas del fetichismo consideraban que el pecado se contraía por el contacto
con algunas cosas impuras. A su vez, la remisión se conseguía por el contacto
con algunas cosas santas, como árboles sagrados o lavatorios rituales en
fuentes santas.
La
sociedad moderna atribuye frecuentemente bondad o maldad morales a partir de
distinciones que se hacen con criterios basados en la forma de vestir, el lugar
donde vive o el circulo social en que se desenvuelve una persona.
Es
cierto que si bien estos son distintivos de la clase o status
social,
por otro lado parecen indicar la existencia de una moral mágica que considera
el pecado como una mancha que se puede contraer de forma inconsciente. Esto
presupondría una contradicción, que el mal y el bien morales pueden existir
con independencia a la libertad y voluntad de cada persona. Sería como decir
una persona que vive en una determinada colonia, con fama de ser poblada por
delincuentes, pudiera atenuar su responsabilidad, si optase por dedicarse a
estos actos ilícitos.
Por ejemplo, el hombre de hoy fácilmente percibe como pecado una falta personal a las normas impuestas por una autoridad a la que de alguna manera se siente vinculado, sin ver la ofensa a Dios.
Para ilustrarlo, considérese el caso de
las personas que se acusan de «pecados» contra normas de culto o rituales que
no han sido asumidas consciente y libremente, o bien que han sido transgredidas
por olvido o sin razón suficiente en caso de un conflicto de valores. Piénsese,
en la inasistencia involuntaria a un acto de culto (la misa por ejemplo) o el olvido de las normas
sobre ayuno y abstinencia.
Sin embargo, es muy diferente el pecado entendido en términos de «irresponsabilidad colectiva». Como se sabe, durante mucho tiempo los hombres vieron el pecado como una participación en la responsabilidad colectiva.
Se castigaba a toda una tribu por la falta de
uno solo de sus miembros. La imagen del cuerpo humano para designar el cuerpo
social se utilizaba con un sentido cuasi-univoco altamente peligroso, como la
historia ha demostrado con frecuentes intentos de exterminio étnico.
A
través del tiempo, se fue viendo claro el paso del predominio de una conciencia
colectiva (de clan) a una de carácter individual.
Este
fenómeno desencadenó con el tiempo un énfasis excesivo sobre la
responsabilidad de la persona, la cual curiosamente, coincidió con la aparición
de una «irresponsabilidad colectiva».
Apoyada
en el «pensamiento grupal», la multitud que ha decidido algo por mayoría,
percibe su responsabilidad de forma fragmentada y diluida, apenas llega a
preguntarse sobre las consecuencias de sus decisiones, y olvida el sentido
social del bien y del mal.
En
la sociedad contemporánea, nadie se siente responsable de un genocidio, de los
desastres ecológicos, del estallido de una guerra, de la inmoralidad pública,
etc..
Toda
la cultura contemporánea ha llevado a una eliminación del sentimiento de
culpabilidad, que puede constituir uno de sus efectos negativos más alarmantes.
En la nueva sociedad que adora el bienestar y vive la ilusión del «crepúsculo
del deber»,
lo
que aparece como molesto, es considerado como el único mal verdadero.
Durante
un Sínodo de Obispos celebrado en 1983, una y otra vez los padres sinodales
volvían sobre el tema de la pérdida del sentido del pecado, sus causas y
consecuencias.
Si
bien muchos de los participantes en ese Sínodo se refirieron con frecuencia a
la aparición en las comunidades cristianas actuales de una nueva conciencia de
pecado, más ligada a una auténtica experiencia religiosa, así como a una
mejor comprensión de la persona y de sus vinculaciones sociales o eclesiales,
de
todas formas, predominaban los que abogaban por retornar a las fuentes de la
revelación cristiana, con el fin de que la teología y la catequesis
constituyan la base para clarificar el misterio del pecado.
Revisemos nuestra percepción sobre el tema, e invoquemos de la Santísima Virgen su intercesión, para que en nosotros y los que nos rodean, nunca se pierda la conciencia de cuando se ofende a Dios, a la luz de la moral que nos enseña la Santa Iglesia, a través de la cual Cristo ha estado con nosotros desde su institución.
Narración
del C. M. Alfonso de Jesús Marín González, basado en algunos de los
temas presentados en el libro “Teología Moral Fundamental”, de José
Ramón Flecha Andrés, de la Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, Segunda edición 1997.