Rechazo
en Nazaret. (Mc 6,1-6)
Marcos
presenta a Jesús en Nazaret, enseñando en la sinagoga. Sus paisanos le
rechazan por razones de familia, conforme a los
principios
aceptados sobre el mesianismo genealógico. No ponen en duda sus milagros, pero
discuten y niegan el valor de su origen:
«¿De dónde le vienen a éste tales cosas?, ¿De qué tipo es esta sabiduría que se le ha dado? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» (Mc 6,2-3).
El
«¿de
dónde?»
nos sitúa en clave de familia, en que línea de genealogía carnal o transmisión
doctrinal: de los antepasados le viene al ser humano su ser y saber. Es evidente
que los nazarenos rechazan a Jesús porque no tiene un «de
dónde» válido
para su forma de percibir las cosas,
un origen que avale y garantice la solidez de su mesianismo.
Pero,
la antigua familia no aparece como opuesta a Jesús. Criticando a Jesús, los
nazarenos desprecian en el fondo a su madre y hermanos (y hermanas) porque
participan de su misma pequeñez.
Tanto
los nombres de los hermanos (Santiago y José, Judas y Simón) como la
referencia a las hermanas (en lenguaje que asume la terminología mesiánica)
nos sitúa en un ámbito eclesial. Como figuras concretas de la vida de una
comunidad compuesta por varones y mujeres se les recuerda, compartiendo el
pasado humilde del Mesías de Nazaret. Pues bien, desde ese fondo es
significativo el hecho
de que los nazarenos llamen a Jesús «hijo
de María»,
en fórmula
de gran densidad, que refleja y explicita la cristología mariología de Marcos.
En
Gálatas 4,4, san Pablo presentaba a Jesús como nacido
de mujer; Marcos concreta
aquella afirmación llamándole «hijo
de María»;
da un
nombre a la madre y define por ella a su hijo. Es evidente que la madre no
aparece aquí como adversaria: no quiere arrancar a Jesús de la casa cristiana
ni ponerle bajo su mandato. Ella aparece dando origen y nombre a Jesús, a quien
acaban de negar nombre y origen al decir «¿de dónde viene? ¿quién le ha
dado lo que tiene?».
Veladamente
responde Marcos por boca de los nazarenos ¡es
el hijo de
María! ¡Ella,
la mujer que parecía incapaz de darle cuna honorable, le ofrece ahora
principio, nombre y lugar dentro de la historia!
En
plano histórico suele decirse que Jesús aparece como «Hijo
de María»
porque José había muerto, aunque
esta explicación resulta extraña en el contexto de la cultura israelita, y en
base a esa denominación, más bien se supone la existencia de un origen o
nacimiento no convencional (virginal).
Sea
como fuere, con muerte o sin muerte de José, es evidente que, para dar nombre a
Jesús, María ha debido ser una mujer importante en el recuerdo de la
comunidad.
Desde
ese fondo, debemos añadir que Marcos solo puede llamar a Jesús «el hijo de
María»,
si ella ha sido conocida dentro de su comunidad. Marcos acepta
el reproche de los nazarenos y al definir a Jesús desde María, está
ofreciendo una pista cristológica y
mariológica muy honda: la relación de Jesús con su madre, la cual rompe el
esquema genealógico normal de la familia (que solía definirse desde el padre)
y ratifica la existencia del misterio de un origen diferente.
Al
decir que es «hijo
de María»,
Marcos responde de algún modo a la pregunta: ¿de
donde le viene su sabiduría...?
La
denominación «hijo
de María»
se ha conservado y empleado dentro de la Iglesia. Ciertamente,
en Marcos se polemiza con la madre y hermanos que querían llevarse a Jesús;
pero ahora madre y hermanos se recuerdan como miembros de la Iglesia. Se ha
discutido el tipo de «consanguinidad»
que ellos guardan con Jesús y su madre; pero es evidente que lo importante es
que ellos (los humildes hermanos), con la madre que da nombre al Mesías, según
Marcos, aparecen como ejemplo de Iglesia.
En
esta perspectiva, ha de entenderse la mariología de Marcos. Es muy posible que él
haya conocido expresiones que no emplea en su
evangelio, fórmulas simbólicas de engendramiento mesiánico cercanas a Gálatas
4,4. Por eso, si no ha incluido o elaborado un evangelio de la infancia no es
por falta de conocimientos o menor capacidad teológica, sino por su propio modo
de entender el mesianismo. Jesús tiene una madre y unos hermanos, pero ellos no
dan origen ni sentido a su tarea: no definen su lugar en el mundo, no controlan
su obra.
Frente
a todos los mitos de una maternidad salvífica en sí misma, frente a los
riesgos de un sometimiento materno de Cristo, ha formulado Marcos este texto.
El
verdadero nacimiento mesiánico del Cristo esta fijado en la escena del bautismo
(Marcos 1,9-11). Lo anterior no importa en el plano de la historia de la salvación.
Resumamos
lo ya dicho. Allí donde Gálatas 4,4 corría el riesgo de llevarnos a las
puertas del mito.
Marcos
nos ubica en la familia mesiánica de aquellos que comparten la fe de Jesús.
Pero luego, en el lugar donde su madre, con el resto de los hermanos, aparece
despreciada por el judaísmo de la seguridad y la ley, Marcos se atreve a
presentar a Jesús como el «hijo de
María» en fórmula que es al menos muy provocadora. Quizá debamos afirmar que Marcos ha
fijado el más hermoso de los títulos de María, al definir por ella a su mismo
Jesús.
María
pertenece en principio al grupo de aquellos que podrían mandar a Jesús desde
el privilegio que les concede el poder genealógico. En
ese sentido, ella se vincula a los hermanos, apareciendo con rasgos paternos, de
dominio.
Para
hacerse madre verdadera de Jesús, Ella deberá integrarse en el grupo de sus
seguidores, en el círculo de
aquellos que dejando lo anterior (padre y madre) le siguen hacia el reino. Desde
ese fondo debemos unir estas ideas, dejando
todo, incluso su vieja maternidad mesiánica, María puede hacerse madre
verdadera de Jesús dentro de la Iglesia.
Desaparece
así el riesgo del mito, se abre la factibilidad del camino de la fe mariana.
Marcos supera la figura de un
Dios que engendra al Hijo a través de una mujer y la visión divina de la
feminidad de María entendida como poder generador. En ese contexto, se aclara
el camino de la fe, expresada dentro de la Iglesia a través del nacimiento por
la gracia de hermanos que cumplen con Cristo la voluntad de Dios.
Podemos concluir este artículo diciendo que Marcos ha puesto las bases de la primera mariología de la Iglesia, aunque ha afrontado el riesgo de su mitificación, con el consecuente peligro de rejudaizarla.
Pero a su vez, combate esas posturas, poniendo a la madre de Jesús en el lugar donde se inscribe y recibe su sentido, el camino de la fe, para bien de la Iglesia posterior. Es una importante declaración del evangelista, que debe valorada en toda su magnitud, por sus alcances e implicaciones.
Desarrollo
basado en el apartado de “María como símbolo” del libro “Amiga de
Dios. Mensaje Mariano del Nuevo Testamento” de Xavier Pikaza,
editado por San Pablo, Madrid 1996.