Esta
demostrada la confianza de san Ignacio de Loyola en la palabra como instrumento
para llegar a Dios. Es importante recordar que para hacer un coloquio, para
tener una conversación, es necesario que hablen dos.
En
los Ejercicios
Espirituales (EE), Ignacio multiplica las exhortaciones y las
exigencias para hablar con Dios, pero ¿no queda sin respuesta esta palabra? Si
examinamos los coloquios, constatamos que Ignacio llena estas conversaciones con
Dios pidiendo favores, acusándose de culpas, participando sus problemas para
recibir consejos [54], formulando peticiones [199] para alcanzar gracias o
conocimiento [63], dando gracias por la vida, haciendo propósitos de enmienda,
mientras habla con el Señor de su misericordia [61]. Solo indirectamente indica
Ignacio lo que espera del otro interlocutor en esta conversación, es decir, de
Dios: una gracia, el perdón, un consejo [54], ser elegido [157], un
conocimiento [63].
Ignacio,
no espera una palabra de respuesta. Una vez exhorta a hacer un coloquio,
pensando en lo que debe decir a las tres divinas Personas [109], pero en ningún
pasaje de los EE
nos previene de lo que podemos esperar de Dios, amigo y Señor [54],
como palabra de vida.
¿Es
que el coloquio está abocado al silencio? Muchos autores espirituales lo han
experimentado y estudiado. En los EE
la palabra silencio
esta casi ausente. Una única vez aparece para mostrar la
contraposición del estrépito que hacen o no los ángeles buenos y los malos
[335]. Pero Dios responde, e Ignacio, abandonando toda forma de término o de
palabra como respuesta de parte de Dios, anota que Dios confirmará nuestras
decisiones y elecciones: «Hecha la tal elección o deliberación, debe ir
la tal persona que tal ha hecho, con mucha diligencia, a la oración
delante de Dios Nuestro Señor y ofrecerle la tal elección, para que su
Majestad la quiera recibir y confirmar, siendo para su mayor servicio y alabanza
[183].
Ignacio,
por su parte, espera una señal sensible de parte de Dios, como confirmación.
Pero esta confirmación no se expresa en términos ni palabras. En su Diario
Espiritual anota el fenómeno de las palabras que de alguna forma
vienen de arriba, según el testimonio del propio Ignacio, desprovistas de un «significado
convencional»
y que más bien pudieran calificarse como parecidas a la música celestial, una
vocalización que no produce ningún sentido, pero cuya sonoridad causa deleite,
por su evidente «naturaleza divina».
Describe
Ignacio que esta hermosa «música»
no es sino una forma extraordinaria de reacción de Dios a nuestras palabras, la
más común en forma de mociones y de movimientos internos. Tomando como ejemplo
su experiencia, durante el desarrollo de la misa comenta sobre su percepción de
diversos sentimientos, o al tener el Santísimo en sus manos; percibía un «hablar»
y un «mover»
interior intenso, que no se desearía dejar por nada del mundo, etc.
Para
expresar toda esta experiencia en términos sencillos: ser confirmado por Dios
quiere decir según Ignacio, ver y sientir que se debe mantener una decisión,
continuar con un cambio, y normalmente con esta resolución, se siente la
persona confortada por un aumento de fe, esperanza y caridad [316]. respuesta
real y evidente de parte de Dios, confirmación real, aun cuando no ocurre a
través de términos y palabras convencionales. No es posible ignorar la divina
naturaleza de nuestro interlocutor.
Aunque
muy pocos cristianos tienen una experiencia tan excepcional como la de Ignacio,
con todo, al hacer el coloquio [53.54], cada uno se expone a realidades de orden
espiritual, cuyos efectos pueden probar en sí mismo formas de consolación y
desolación.
Desde
su larga experiencia Ignacio nos enseña cómo discernir en todas estas mociones
la respuesta de Dios. De este modo la oración, el coloquio, no serán nunca la
explicación de uno mismo a sí mismo, sino una conversación interpersonal en
la que dos libertades sellan una alianza, una libertad que se expresa en
palabras, una libertad que suscita una comunión de corazón.
Ignacio
no busca el lenguaje bello, la palabra como decoración y apariencia. El valor
no literario del texto de los EE
prueba cómo para Ignacio el lenguaje no es mas que un instrumento y
un medio. La confianza de Ignacio en este lenguaje es la confianza de un
artesano en su material. De ahí una utilización completa de oraciones y
coloquios, meditaciones y consideraciones, para completar un lenguaje que se
dirige a Dios como destinatario del mensaje.
El
coloquio no sería un diálogo, si Dios no recibiese el mensaje o no diese a
cambio algún signo que descifrar, porque Dios, el destinatario, más bien nos
responde a través de medios que se colocan fuera del lenguaje propiamente
verbal. En un coloquio hay que hablar, sin conocer el final de la frase en la
que uno se compromete, ni el modo como Dios dará su respuesta.
Resalta
el hecho de que Ignacio no busca tanto conversar con Dios, cuanto obtener de ÉI
una respuesta para conocer su voluntad. Quiere saber si Dios aprueba o no su
elección. Para decirlo de otra manera, Ignacio no busca tanto una manifestación
de la presencia de Dios, sino más bien una señal de Dios para andar o no andar
en el sentido de la elección. De ahí precisamente, el coloquio basado en la
caridad (de amigo a amigo), en la caridad clarividente que distingue la señal
que el Maestro da a su siervo [54].
Ignacio
mismo ofrece, como imagen de esta conversación, lo extraordinariamente sensible
que debe ser nuestro lenguaje, para que Dios en su infinita bondad, pueda
inclinarla allí donde quiere, manifestando su deseo [179].
A
veces se presentan los EE
como un libro de técnicas
para aprender lo que hay que plantear a Dios, y el Diario
Espiritual de San Ignacio, corno un libro en que se puede descubrir
las formas que puede tomar la señal de Dios. En realidad este código se
encuentra ya en todo lo que los EE
dicen sobre la consolación y la desolación.
En
dado caso, habría que decir que el Diario Espiritual ilustra el caso personal
de Ignacio., mientras el libro de los EE
lo contiene ya todo, al afirmar que el coloquio es un verdadero diálogo,
aunque la parte humana sea verbal y la de Dios no lo sea necesariamente. Dios y
el hombre se hacen señas, éste a través del lenguaje humano, Aquel actuando
en el corazón humano por medio de movimientos y mociones.
Si
Ignacio tiene tanta confianza en la palabra en este coloquio, no es porque crea
que multiplicar las palabras sea el medio más seguro de obtener una respuesta
de parte de Dios (seria contradecir las palabras de Jesús), ni de ninguna
manera porque atribuya a las palabras poder mágico para mover el corazón
(equivaldría a abandonarse sin discernimiento al mal espíritu), sino
precisamente para incitar al hombre a expresarse con la claridad y precisión,
que normalmente le impone el uso de la palabra, a manifestar sus deseos [104] y
sus angustias, para que Dios pueda servirse de unos y de otras marcándolos con
su deseo.
Puesto
que toda la mística ignaciana está orientada hacia el servicio de la mayor
gloria de Dios, la pregunta es ¿qué es lo que Dios quiere de una vida humana?,.
De ahí esta preferencia y esta confianza respecto al lenguaje como medio.
¿Y
qué hay sobre el silencio de Dios?. Se da la impresión de que Ignacio
transforma en signo la carencia de signo, con lo que «la escucha se convierte
en su propia respuesta». «Restituido a su significado, el vacío divino ya no
puede amenazar, alterar, descentrar la plenitud inherente a toda lengua cerrada».
Un
retiro o una oración se desarrolla en un ambiente tan agradable que este goce
en sí mismo sería el fruto del retiro, la respuesta de Dios. Es, en parte, lo
que observó Jesús mismo acerca del comportamiento de las personas que oran
para ser vistas: el honor que reciben es ya la recompensa, la respuesta a su
oración.
No
hay duda de que la carencia del signo es un signo: cuando Dios deja de hablar,
el pueblo de Dios está en desolación y se pregunta qué quiere decir esto.
Pero éste no es la única señal. Dios nos da a conocer su voluntad si vivimos
con ÉI.
Dios nos
da un signo, nos habla, si sabemos escuchar. Por respeto a nuestra libertad,
Dios no suele aplastamos, imponérsenos con violencia. De su parte hay una
llamada; de la nuestra, la confianza de la fe. Toda conversación interpersonal
está fundada en una fe, una confianza en el otro, y Dios quiere que sea también
así entre ÉI
y
nosotros.
El
signo que da Dios al hombre, carece también de claridad absoluta, de precisión
técnica. Como en poesía, también en nuestras conversaciones con Dios, aún
cuando utilicemos palabras de uso común, debemos darles una apertura, que
normalmente no tienen, para potencializar su significado.
Así
el lenguaje religioso, ya a nivel lingüístico, no se cierra sobre sí mismo,
sino que se abre para poder balbucir la experiencia inefable. En este sentido la
palabra humana contiene ya
un
silencio confesado cuando se trata de hablar sobre o con Dios.
Cuando
decimos «Dios habla»,, sabemos que no lo decimos todo. Por esta razón
nuestra palabra a Dios no es nunca un lenguaje cerrado sobre si mismo, sino una
síntesis que abre la palabra al silencio verbal de Dios. La palabra ignaciana
es, en este sentido, una síntesis de discurso y de silencio, en el respeto de
este amigo, que me hace hablar, pero que es el Maestro y Señor, ante el cual
todo me impone el silencio de la adoración.
Nota: En el desarrollo de este tema, entre paréntesis rectangulares se señala la referencia al número de anotación correspondiente a los EE.
Reflexión
basada en la introducción del libro “Decir
al indecible” de Peter-Hans
Kolvenbach, S. J., editado
por Mensajero
Sal Terrae, Bilbao 1999.