Cuando
se quiere dar razón de la fe de la Iglesia en el dogma de la Asunción, tal
como fue proclamado por el papa Pío XII en la bula “Munificientissimus
Deus”, no
se pueden soslayar algunas preguntas.
Si la Iglesia ha sido consciente de la ausencia de pruebas escriturísticas y tradicionales directas que avalen la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, como un «privilegio» singular concedido a María, ¿qué consistencia pueden tener las razones de «conveniencia», que fueron aducidas para soportarlo?
¿Es
fácil aceptar que, por el mero hecho de ser su madre, Jesús privilegie a María
sobre todos los demás?
¿Se
puede afirmar que María es la única que ha sido asumida en cuerpo y alma en la
gloria, o más bien que es «la primera»?
El
punto de partida sólo puede ser la imagen bíblica de María, leída e
interpretada en clave unitaria. Según esta lectura integral, María aparece
como la mujer agraciada con el máximo grado posible de santidad, como el
surgimiento de la Nueva Eva,
como
la creyente
por
antonomasia, como la
enemistada con la serpiente,
la
que nunca pecó.
Sobre
la muerte o la posible suerte final de María, efectivamente nada se dice en el
Nuevo Testamento. Según Lucas, aparece por ultima vez en el Cenáculo el día
de Pentecostés, formando parte de la asamblea inicial de la Iglesia. Según el
cuarto Evangelio, María, después de la muerte-exaltación de Jesús, es
acogida como una realidad propia y constitutiva por el discípulo amado.
Según
la fe de la Iglesia, María, la nueva Eva, asociada íntimamente al Redentor, es
asumida en cuerpo y alma a la gloria e inicia «el
último día», el cual en cierto modo, se anticipa en ella.
El
Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que: «La
Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la
Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás
cristianos» (n.966).
Cuando
se ha hablado de lo relacionado con el dogma de la Asunción, la Iglesia hace
una lectura «en clave escatológica».
La
Iglesia hace este tipo de lecturas cuando «canoniza» a sus mártires, a sus
santos, contemplando a la luz del Espíritu y de la Palabra, su vida, y
afirmando en ellos el cumplimiento de las promesas de Dios.
En
el caso de la Asunción de María, la Iglesia ha realizado algo así como una
supercanonización. No se ha sentido movida a ello por una supuesta revelación «nueva»,
tampoco por un descubrimiento de tipo histórico, sino por una «intuición
de fe» iluminada por las Promesas del Dios, fiel a quienes se identifican con
Jesucristo.
La
Iglesia se ha preguntado, particularmente desde el siglo V: ¿Cuál fue el final
de María?¿Qué es de la «Nueva Eva»? Después de proclamar en el siglo XIX
el dogma de la Inmaculada, se ha vuelto a preguntar:
¿Qué es de aquella Mujer que venció al Maligno, que nunca estuvo bajo su
dominio, en quien el poder demoníaco tuvo el más rotundo fracaso?, ¿Puede
estar sometida, aunque solo sea en parte a las fuerzas de la muerte,
consecuencia del pecado?
Desde
que el discípulo amado la acogió en su propio mundo, María comenzó a ser
parte integrante del universo espiritual de los cristianos. También nosotros la
hemos acogido en nuestro propio mundo espiritual, y la reconocemos como madre y
ejemplo permanente de vida. No se trata, sin embargo, solo de un recuerdo; ni de
un caso más de solidaridad con nuestros muertos.
La
Iglesia ha sentido que la muerte no separó a María de nosotros, que aquella a
quien Jesús crucificado proclamó y señaló como «Madre» de sus discípulos,
«no
nos ha dejado huérfanos», que aquella que dio la vida a Jesús ha sido
devuelta a la vida, resucitada por el poder del Resucitado.
En
María todo su ser quedó vivificado, porque Dios resucita todo aquello que
tiene gérmenes de gracia. En María no había pecado. Todo su ser fue
instrumento de amor: su alma, su Cuerpo. En María no había desperdicio. ¡Toda
ella hubo de ser resucitada! ¡Toda ella recuperada! Y cuando alguien llega a su
plenitud en Dios-el-Omnipotente, esa persona no se pierde, no se aleja, sino que
se recupera, se acerca, vive vivificando: «se va y se queda». María se va
cuando su Cuerpo y alma reciben la consagración total del Espíritu, que es
comunión-amor.
En
el Espíritu, María es un corazón que no deja de amar. El amor la aproxima a
nosotros; el Espíritu le permite hacerse presente en lo hondo de nuestra alma.
Y,
en su misterioso acercamiento, María es «portadora de aromas»; por la
resurrección, la identificación con su Hijo Jesús ha llegado a su plenitud;
la cercanía de María, mucho más que durante su vida histórica, nos evoca a
Jesús, nos comunica a Jesús; ella no interfiere, es pura transmisión. Por eso
la presencia de María no estorba la comunicación con Dios; su presencia
siempre es discreta, silenciosa, transparente. En Ella se nos revela un
misterio: Dios no ha querido aproximarse a los hombres «sin los hombres».
Permita Nuestro Señor que este acontecimiento tan singular, se constituya en una motivación más para llevar una vida de imitación a la de la Santísima Virgen, primicia de lo que podemos aspirar todos los que pretendemos ser fieles seguidores de Cristo.
Inspirado
en el enfoque al tema, incluido en el apartado de “Mariología Sistemática”
del libro “Mariología” de José C. R. García Paredes, de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999.